05.11.08

Lejos…

Publicado en Curro, Lonely moments, Reflexiones, el Ken a 1:25 pm por La Petite en Belgique

Son las 11:15, acabamos de llegar al hotel y las fuerzas me fallan. Estoy agotada otra vez y quizá debería meterme directamente en la cama. Pero esta soledad y aislamiento son insoportables. Necesito hablar con alguien (al Ultracatólico lo tengo ya muy visto). He llamado un par de veces al pequeño pero han sido conversaciones breves. Las llamadas son muy caras y realmente no sé que decir. Estoy cansada de repetirme constantemente: que si las cosas van más o menos, que si estoy agotada, que si esto es muy duro, que si le echo de menos, que si me siento sola, … Y realmente no me atrevo a decirle las cosas que más me atormentan, como que de verdad no veo el final de todo esto, o que no tengo esperanza de que la programación esté perfecta para la semana que viene. Y como decía, estoy agotada. No es sólo el intentar permanecer despierta, es mantener la cabeza fría y rápida para enfrentar la tarea. Cuanto antes termine, antes me iré; pero no si acabarla…

Las cosas no han ido demasiado bien hoy y mi vuelta el martes no es segura. El Ultracatólico me dice que tenga esperanza para el miércoles. Durante el día apenas tengo tiempo para pensar. El trabajo es muy intenso. Suelo levantarme tres o cuatro veces de la silla por día: dos para ir al baño, una tercera para comer y una posible cuarta si de verdad necesito un break. Al final del día tengo el cuerpo agarrotado de estar en la misma posición y la cabeza como un bombo. Lo malo del final del día es que es entonces cuando mi mente vaga de verdad. Al llegar al hotel después de currar (a eso de las siete y pico u ocho) llamo al Pequeño, sólo para escuchar su voz, que me cuente cómo van las cosas por allá e intentar lamentarme lo menos posible (cosa que a veces no me sale). Al final del día me doy cuenta realmente de que yo estoy aquí y el allá. Lejos. Siento impotencia, me siento desconectada de mi vida. Quisiera estar ahí, día a día, viendo cómo está, hablándole, demostrándole que aunque la relación que tengamos sea aún muy joven, es algo maravilloso por lo que luchar. Pero no puedo. Porque estoy lejos. Y no puedo hacer nada. Sólo intentar terminar lo antes posible. Pero cada día aparecen problemas nuevos, y cada día son más difíciles de resolver. Me siento atada a Argel, atada al Cerist. Siento un abismo entre mí y mi vida. Y no puedo hacer nada.

Esta mañana me levanté algo mejor que las otras, pero mi cuerpo tiene demasiado cansancio acumulado para que algo menos de 8 horas de sueño lo curen por completo. El estrés está haciendo mella en mi subconsciente. Siento que me he pasado toda la noche soñando con el Pequeño (sueños catastrofistas, por supuesto) y con el trabajo aquí (trabajo y más trabajo). Ya no puedo ni desconectar por las noches. Lo de soñar con el trabajo es algo que me pasa cada vez que me vengo a trabajar aquí. Es demasiado: 7 días a la semana, 10 horas al día. Eso hace la friolera de alrededor de unas 70 horas. Estoy cansada. Quiero recuperar mi vida. Pero no puedo.

Volvimos a desayunar en la habitación del Ultracatólico. Él agua y yo café con un sabor a quemado que no había probado en mi vida. Me siento algo más descansada que otras mañanas pero mi cuerpo se niega a despertar del todo.

Por la mañana el Ultracatólico tiene una reunión con no se quién, así que estoy sola con Hassan hasta casi el mediodía. Hassan se va a otra universidad para que yo pueda hacer tests por videoconferencia.

Sobre la una y pico viene el Ultracatólico y salimos a comer. Vamos al mismo bar cutre del otro día, donde pedimos unos bocatas completos. El pan lo hacen ellos mismos, o eso es lo que el Ultracatólico dice. A él le encanta ese pan. Los bocadillos consisten en huevo revuelto, carne, una minúscula hoja de lechuga una rodajita de tomate, carne, patatas fritas y queso. Vamos, una bomba de relojería. Nos los sirven en dos mitades. Cuando voy por la segunda mitad (el Ultracatólico ya había terminado) encuentro algo negro (o marrón muy oscuro) y pequeño, de más o menos centímetro y medio de largo. Me entra la sospecha. Le pregunto al Ultracatólico qué es eso. Me dice que no sabe, pero que cree que son unas semillas especiales, porque sólo las ha visto en el pan de aquí y en el de Hassi-Messaoud, pero no en el de Bélgica. Sospechas casi confirmadas. Le comunico que es caca de ratón. Abre mucho los ojos y dice que ya alguien le dijo algo así una vez y que no le creyó, pero que si yo opinaba lo mismo, entonces se lo creía (un punto a su favor es que tiene mi opinión en muy alta estima, sobre todo después de comprobar lo rápido que cuento y sumo en binario y hexadecimal). No me termino el bocadillo.

Por la tarde se fue a otra universidad e hicimos más tests (3 universidades juntas). Un desastre total. La moral por los suelos y la cabeza como un bombo. Para lo de la cabeza también contribuyó Hassan. Resulta que donde él estaba había otro más. Aquí es típico tener 4 o 5 personas para hacer el trabajo de media. El resultado es que hablan como cotorras. El micro de Hassan estaba más alto de lo normal y me fue imposible mutearlo desde Telnet (aún no sé porqué). Con lo que tenía al Ultracatólico, a Hassan y a su colega hablando al mismo tiempo. Y por cierto que Hassan y el colega no paraban de hablar en esa mezcla de árabe y frances que me es totalmente incomprensible, con los sonidos aspirados típicos del árabe (lo siento, pero los dos hablando a la vez parecían como animales). Las imágenes estaban mal, no oía al ultracatólico y la jauría me estaba poniendo de los nervios. No podía pensar. Luego llega uno de los responsables del Cerist por no se qué de unas direcciones IP y entonces ya me entró una terrible desesperación y tuve ganas de mandarlo todo a la porra. Al menos tuvo el detalle divertido de intentar hablar inglés, pero sólo pudo soltar dos palabras (this site…).

A las 7 decidimos dar por finalizada la jornada laboral. Mi cabeza ya no da para más, necesita que aguien la reinicie. Pero el que puede hacerlo de verdad está a muchos kilómetros.

Para la cena intentamos ir a un restaurante chino que está en el hotel al que fuimos hace dos días. Decir que en la entrada del hotel, además de pasar el típico control del coche (maletero y capó) también hay que pasar el bolso por un detector rayos X como el de los aeropuertos y un detector de metales. La historia es que esta mañana “cogí prestado” un cuchillo del desayuno por si había que preparar al mediodía bocadillos improvisados. Y justo me di cuenta cuando el bolso estaba entrando en el detector. Momento de tensión pero al final nada, ni lo vieron.

El restaurante resultó estar completo así que decidimos ir al Tantra, uno de los 15 restaurantes que están en el pequeño bosque alrededor del monumento a los mártires de la revolución. No lo entiendo. Cutres con el desayuno y en la cena pagamos 7100 dinares (71 euros!). Que alguien me lo explique y a lo mejor lo entiendo. Y luego ratean con los sueldos…

Al salir decidimos ir a ver el monumento de cerca. La vez anterior (el año pasado) estaba prohibido colocarse debajo del arco que forman los pilares, pero esta vez el policía nos dejó pasar (pero sólo un minuto, eh). El monumento no es bonito, pero es impresionante. Y el estar justo debajo te hace sentir todo el peso del hormigón. Una sensación privilegiada, porque es raro eso de que lo dejen pasar a uno por esa zona.

A la vuelta al hotel nos perdemos por cuarta vez desde que estamos aquí. Argel puede ser un verdadero laberinto para el conductor. Se hace tarde y yo me quedo dormida en el coche.

Llegamos al hotel. Es tarde. Estoy cansada y siento la soledad. Y lo que más siento es no poder darle al Pequeño nada de lo que me gustaría. Me siento impotente, atrapada, lejos. Y no puedo hacer nada. Estoy cansada. Quiero volver. Pero no puedo. Antes debo luchar en mi cruzada.