05.12.08
Altibajos y más excrementos de ratón
Mañana ya hará una semana que estoy aquí. Mi estado general podría resumirse en cansada y desconectada. Pero no voy a entrar otra vez en ello porque sería repetirme hasta la saciedad.
Ayer me fui a dormir algo tarde, cuando por fin llegué a la conclusión de que mi estómago estaba listo para ir a cama (casi dos años en Bélgica y estoy desentrenada en esto de cenar tarde, y como suele decir mi madre: “de grandes cenas están las sepulturas llenas”). Volví a despertarme sobre las 3 para ir al baño. No es corriente que me despierte en medio de la noche, soy de las que duermen como un tronco y del tirón. Pero creo que se debe a que por el día bebo poco (menos de lo habitual) para no tener que ir al baño ese cochambroso que encima está en un edificio a 300 metros del aula donde trabajo. Por consiguiente, cuando más agua bebo es en la cena. Y mis riñones, que siempre han funcionado a la perfección, me obligan a ir al baño en mitad de la noche.
Me desperté sobre las 3, con la vejiga llena, a punto de explotar. Mientras voy al baño en medio dormida recuerdo que estaba soñando. Trabajo otra vez. Vuelvo a la cama. A las 7:15 suena la alarma del móvil. También estaba soñando, y al igual que la otra vez, con el trabajo. Que si errores de compilación, arrays, buffers y demás, todo relacionado con programación. Creo que necesito un descanso. Pero no puedo.
Estoy muy cansada y me cuesta horrores levantarme. Creo que mi cuerpo sabe que es domingo.
Desayuno otra vez en la habitación del Ultracatólico. Yo café con un trozo de cake medio momificado y él agua y un croissant del año de la guerra. Los dos estamos muy cansados.
La mañana, a nivel de avances en el curro, fue mala. Así, sencillamente. Mala. No sólo estamos cansados, sino que nos sentimos derrotados. Las cosas no van bien y ya me veo mi partida postergada (mentira cochina, la fecha de mi vuelo es aún para dentro de una semana, así que no hay fecha segura). Sólo tengo ganas de darme cabezazos contra la mesa.
Hassan se aburre, pero el pobre no puede hacer nada. El Ultracatólico y yo estamos atascados y Hassan no puede ayudarnos.
Vamos a comer. Yo paso de bocadillo con cacas de ratón. Pido pizza. Mientras esperamos la comida, el Ultracatólico dice que él no pone pegas, que todo es psicológico y que él va a comerse ese pan tan rico. Yo le digo que de psicológico nada, que psicológico es no querer comer sesos de cordero, pero que eso de arriesgarse a pillar un parásito no es ninguna broma. Que yo no sé de donde eran los ratones ni si tenían alguna enfermedad. Dice que los excrementos horneados no son nocivos porque los parásitos están muertos. Yo le repito que no sé de donde son los ratones ni las posibles enfermedades de su lugar de procedencia, con lo cual, tampoco puedo decir si los posibles parásitos son resistentes a las altas temperaturas o no. Le digo que es un inconsciente, encima él, teniendo niños, debería estar bien informado de estas cosas. Dice que se le ha quitado el hambre. De verdad que no lo hice por joder, pero me parece una imprudencia comerse algo que sabes a ciencia cierta que tiene mierda de ratón (cuando yo era niña era habitual la frase “eres tonto o comes mierda?”).
La comida llega y en mi pizza descubro dos boñiguitas (puaj). El Ultracatólico se come su bocadillo a bocados pequeños. Va haciendo en la bandeja de la comida un montoncito de cositas negras. A ver si de esta espabila.
Volvemos al curro. La mañana se había levantado soleada pero la tarde es lluviosa, muy lluviosa. Durante una hora seguimos atascados. Mi cabeza ya no quiere pensar más. Hacemos una pausa para repasar la lisa de los sitios conectados, de los sitios con problemas conocidos y de los sitios con poltergeist, y finalmente parece que se acciona un interruptor en mi cabeza y empiezo a ver las cosas más claras. Empiezo a teclear. El Ultracatólico dice que va a llamar al jefe por teléfono (eso significa media hora). Por mí vale, yo estoy ocupada porque creo haber encontrado la solución a dos de los problemas. Voila! Pues sí. Problemas resueltos. Dos días de romperme la cabeza y finalmente la solución me vino sola a la cabeza en dos minutos. Si es que no sólo para escribir poesía ha de estar uno inspirado.
El Ultracatólico vuelve y entre los dos resolvemos un tercer problema. La cosa va mucho mejor. Ensayamos una videoconferencia y llega la hora de irnos. Hoy tenemos prisa porque nos ha invitado a cenar a su casa una cliente de la empresa. Una mujer francesa rondando la cincuentena, y que se dedica al diseño y restauración de muebles. Realmente su función es la de mecenas. El proyecto en el que mi empresa tomó parte fue idea de Nazer, un árabe bastante occidentalizado, que también acudió a la cena. Una historia rara. Ella pone la pasta, pero el pone la casa.
La cena realmente deliciosa y nuestra anfitriona realmente carismática. Se excusó una y mil veces en que ella no cocina nunca, que no sabe, que nunca está en casa y que no está acostumbrada a tener invitados. Y de verdad me lo creo. No lo de que no sabe cocinar, pues el pez espada estaba de vicio (tanto que me pasé y ahora tengo el estómago repleto), pero sí en lo de recibir a invitados. Sólo nos sirvió vino y cuando el Ultracatólico le pidió agua (los dos estamos sedientos cuando llega la noche) la trajo pero no puso ningún vaso o copa extra, como no sabía donde poner las cosas, puso la sartén del pescado en el suelo y el molde del quiche en la repisa de la chimenea, no puso servilletas. De todos modos fue una cena genial y un cambio de aires. Después de unos cuantos días una acaba cansada de la atmósfera del hotel y de los restaurantes. La cena estaba riquísima y la francesa demostró ser muy muy muy amable y simpática. Y parece que yo le caí en gracia porque me pidió que si volvía a Argel, la llamara para cenar otra vez. Un placer.
Y ahora estoy en la habitación, otra vez. Es muy tarde, las 12 menos cuarto, y mañana hemos quedado de desayunar a las 8. Pero tengo aún el estómago lleno, así que voy a aprovechar para contestar al mail que me escribió hoy el Pequeño. Fue a casa de sus padres a comer pues hoy es el día de la madre en Bélgica, y me escribió desde allí. Realmente sus palabras me dieron ánimos y fuerzas. Está claro que el mayor soporte es siempre uno mismo, pero el saber que hay alguien ahí que piensa en ti, se acuerda de ti y te dice que no te sientas sola porque siempre está contigo, reconforta, es como si se llenara el cuerpo de un calorcito agradable y es imposible no esbozar una sonrisa.


