07.14.08
La vuelta al cole
Dice mi madre que tengo una gran capacidad de adaptación. Que soy capaz de vivir en cualquier lado: España. Bélgica, ¿China? Pues China también si me pongo. Es en parte verdad y en parte mentira. No sé si es realmente que me adapto a todo o si es realmente debido a mi mala memoria. En alguna ocasión dije que esta característica propia mía me confiere el ser poco rencorosa, pues olvido pronto y rápido lo malo. Pero también sucede por desgracia con lo bueno. Me adapto bien porque olvido rápido lo que es estar en otro lado, olvido sin apenas mirar atrás mis vidas anteriores y sólo camino por los senderos del presente con un miedo intermintente por el futuro todavía por llegar.
Hace tres días que hemos vuelto del que era mi antiguo hogar, y ya los recuerdos empiezan a diluirse en esta vuelta a la rutina. Mi memoria es mala y estoy empezando ya a olvidar rápido los detalles, pero mantengo la sensación de que he hecho menos de la mitad de las fotos que debería, he estado con mis seres queridos menos del tiempo que quería, he hecho menos cosas de las que me hubiera gustado y he disfrutado menos de lo que me proponía.
El inicio estuvo marcado por una partida rápida y estresada, recogiendo las últimas cosas y despidiéndonos de un cielo gris y una lluvia fría. Nuestra llegada al pequeño aeropuerto de Vigo fue alrededor de las 9 de la noche, y allí estaba casi toda la familia Trapo: mi madre, mi hermana, mi cuñado, mi tía, su novio y como no, India, nuestra perra Schnauzer. Esa noche y al día siguiente fuimos siete a la mesa (no cuento a India) y entre “pásame el agua” y “no quepo bien aquí” yo me volvía loca para traducirle al Pequeño las típicas e intraducibles bromas familiares.
Esas dos semanas se nos obsequió con días espléndidos de sol y calor y algunos otros con tiempo algo más fresco, más un par de ellos en que cayó una fuerte lluvia. Los días de calor los aprovechamos para recorrer algunas de las playas de la zona: Hío, Saiáns, Coruxo (a Saiáns fuimos dos veces porque el Pequeño disfrutaba durante horas mirando las olas) y visitar las Islas Cíes, donde acampamos una noche y de las que el Pequeño quedó totalmente prendado por su arena blanquísima, sus aguas cristalinas, y su cielo limpio que nos permitió ver innumerables estrellas (y cada uno de nosotros vio, a su vez, una estrella fugaz).
Otro día visitamos Santiago bajo una lluvia que parecía que “la tiraban con cubos” y más tarde nos encaminamos a Fisterra, con un tiempo mucho más calmado, donde a pesar del viento, el Pequeño disfrutó enormemente de las olas rompiendo contra las rocas a la vez que repetía una y otra vez con ese acento suyo: “¡Olas, olas!”.
Probó el pulpo (no sabía cómo había podido vivir todo este tiempo sin conocer tan apreciado manjar), la empanada, el marisco; comió tortilla, paella y pescado hasta decir basta y subió hasta el punto más alto de un monte (el Galiñeiro) apreciando cada paso y cada vista desde el pico (gran novedad para él, dado que Bélgica es mayormente plana).
Quedamos con unos cuantos amigos míos (qué alegría volver a ver a amigos de toda la vida y ver que las cosas entre nosotros siguen exactamente igual), momentos durante los cuales el pobre no entendía nada de nada (los españoles no somos un modelo a seguir en cuanto a idiomas) pero que sufrió sin rechistar ni quejarse ni una sola vez, siempre sonriendo e intentando poner a prueba su escaso castellano. Mi madre y él llegaron a entenderse más o menos bien (ella no habla NADA de inglés) gracias a la paciencia de él y a la habilidad para los gestos de ella.
Mi madre. Intenté estar con ella todo lo posible, hacer cosas juntas, escucharle. Pero sé que siempre le dedico menos tiempo del que debiera y me gustaría. Ella, que de repente vio la casa llena otra vez, que nos lisonjeó con maravillosas comidas y postres. Ella, que está de nuevo sola, sola con India. Sola en un piso vació donde años atrás vivíamos cuatro personas. Sola de repente en un momento poco apropiado de su vida. A veces siento que yo también la he dejado sola porque me he ido lejos. Es verdad que los hijos tenemos que volar y todo eso, pero a veces no puedo dejar de sentirme culpable por haberme ido tan lejos. Entonces pienso en mi padre, al que veo cada vez menos, y que en realidad fue el primero en irse de manera definitiva (las idas y venidas de mi hermana siempre han sido intermitentes). Hoy los dos están solos y me temo que con una vida más triste que antaño, y aunque uno lo haya buscado y el otro no, me siento triste por ambos. ¿Quién sabe adonde nos llevará el camino?
Estoy de vuelta y olvido rápido. Viajo ligera de equipaje y dejo cosas atrás por el camino sin apenas volver la vista atrás. Los recuerdos se van, pero por el momento aún tengo sensaciones. Y la sensación que prevalece en este momento es el de haber aprovechado menos de lo que debía y quería estos catorce días en la que era mi casa. Ahora vuelvo a la rutina y sé que en poco días iré olvidando que el último día en el aeropuerto lloré porque mi madre se quedaba sola una vez más, y también olvidaré que él también lloró por dejar atrás algo de lo que se había enamorado: España y mi mundo.



