agosto 5, 2008

El planeta prohibido

Posted in Relatos y poesía a 11:48 am por La Petite en Belgique

[Más relatos basura que “Man Plus” de Frederik Pohl me hace escribir…]

Mientras Helios hacía una comprobación rutinaria del instrumental, recibió una llamada de la nave nodriza para preguntar si todo seguía en orden.

– Comandante Jonhson, ¿cómo van las prospecciones?

– Por el momento todo en orden. Los radares no detectan nada significativo.

– Bien, pero manténgase alerta. Nunca se sabe cuándo pueden cambiar las cosas. Recuerde lo que le pasó a Forrester. Sea prudente.

– Recibido. No se preocupe, mantendré los ojos abiertos.

-Tiene cuatro horas. Si en cuatro horas no ha encontrado nada, regrese de inmediato. Le recuerdo que en cinco horas la nave nodriza partirá hacia el sistema Ariadna.

– De acuerdo, hasta dentro de cuatro horas.

Helios Johnson ajustó un par de controles de la nave y siguió en modo automático mientras sus pensamientos comenzaron a vagar de forma errática. Llevaban ya cinco años investigando las inmediaciones de aquel planeta para comprobar si algún día podría alojar vida humana en su seno. La Tierra estaba superpoblándose y el calentamiento global estaba acabando con muchas de las especies de animales, pequeñas islas e innumerables costas. Además en un futuro muy lejano el Sol iría comiendo terreno. Ni él ni los hijos de sus hijos lo verían, pero había que ir preparándose para investigar y posibilitar una colonización de ese nuevo mundo, el frío Caronte.

Las investigaciones decían que el aire de Caronte podía ser respirable, y en su superficie las sondas espaciales encontraron agua. Pero su temperatura era algo más fría de lo deseable. Aún así era una posible buena alternativa.

Pero había un problema. Ninguna de las naves tripuladas enviadas en esos cinco años de investigaciones había vuelto. Incluída la nave que pilotaba su amigo Edward Forrester, la última que había desaparecido.

El radar señalaba ya la proximidad a Caronte y en la pantalla principal del control de mandos apareció la superficie azulada del planeta. Helios pasó a modo manual y se dispuso a aterrizar en la llanura al lado del lago Estigia, el punto donde se habían dirigido las otras naves enviadas al planeta.

Helios salió de su pequeña nave y comprobó con cierta desilusión que un paisaje desolador, helado, oscuro y sin vida se extendía ante sus pies. Nada. Ni rastros de las otras naves, ni huellas ni nada que alterase el paisaje yermo y desolador. Helios cada vez creía más improbables las hipótesis de los científicos de que aquel planeta podría albergar vida humana en un futuro. Pero lo extraño era que no había ni rastro de las otras naves. Su radar y su carta de navegación, de una precisión milimétricas, no podían engañarle. El lugar donde habían aterrizado las otras naves era éste.

Contra toda esperanza, comenzó a andar por la pesada atmósfera del planeta. Divisó un promontorio y se dirigió allí con la esperanza de poder ver algo más. Mientras caminaba pensaba en Eddie desaparecido un mes atrás en una misión especial a Caronte. ¿Qué pudo pasar? Aquí no hay nada de nada. No entendía cómo habían desaparecido todas esas naves. Era un misterio. Perdidas para siempre.

Por el rabillo del ojo percibió un ligero movimiento. Nada, allí sólo había una roca, y más allá nada, una llanura de nada. Empezó a sentirse nervioso, y a pesar de los -50 grados que había fuera de su traje espacial, una gota de sudor recorrió su espalda. Cuando faltaban sólo unos metros para alcanzar el promontorio, vio algo el en suelo. Era un arma unipersonal clase C completamente inutilizada. La cogió y comprobó en la placa que era el arma de Eddie.

– ¿Pero qué demonios?

Al ponerse de nuevo en pie vio que alguien le estaba apuntando con otra arma mucho más simple en aspecto que aquella pero seguramente mucho más eficiente también. Alguien que se asomaba desde detrás del promontorio. ¿Alguien o algo? Su estructura corporal recordaba a la de un ser humano, pero su estatura era algo menor y más compacta. El color de su piel era azul, como el paisaje, y unos grandes ojos rojos le miraban sin expresión.

Mientras Helios se quedaba paralizado por la sorpresa, una veintena más de estos seres se asomaron y lo rodearon. Lo desarmaron y lo maniataron.

Lo condujeron por un túnel que asomaba al otro lado del promontorio durante lo que le parecieron centenares de metros siempre cuesta abajo, hasta una celda oscura de aspecto limpio y ordenado. Uno de los guardias encendió unas luces especiales y se cubrió los ojos con una especie de pantalla protectora. Helios se sentó en la cama que ocupaba el centro de la habitación y recordó el aspecto de aquellos seres. Si bien la mayoría compartía las mismas características que su asaltante, se había fijado que algunos de ellos eran algo más altos, tenían la piel algo más grisácea, casi tirando a un rosáceo y sus ojos eran más pequeños.

Al cabo de una hora la puerta de la celda se abrió y alguien entró. Helios se quedó helado ante la figura que atravesó el umbral y el primer pensamiento que cruzó su cabeza. El ser que entró era de piel más bien rosada, ojos pequeños y estatura humana. Pero su complexión había sido alterada, y la forma y el color de sus ojos ya no eran los mismos. Helios se encontró con Eddie, su amigo Eddie, pero ya no el mismo Eddie. Helios se encontró con un Eddie modificado.

Su voz también era diferente cuando le contó lo que había pasado.

– Las naves que se perdieron, todas llegaron aquí. Sus tripulantes están aquí. Estos seres quieren invadir la Tierra y destruir a la humanidad, pero sus características corpóreas se lo impiden. Están creando seres genéticamente modificados para poder vivir en las condiciones de la Tierra, y para ello se sirven de las naves llegadas hasta aquí. Pero quieren cambios rápidos, por eso están haciendo experimentos con implantes en ambas razas. Yo he tenido suerte, o eso creo. Por el momento tan solo me han hecho algunos implantes y me han cambiado parte de código genético, pero hay otros, como Trixie. ¿Te acuerdas de Trixie? La rubia despampanante de la sección número 44. Ella y otros tantos permanecen congelados y a la espera. Y Otto, el bueno de Otto. Con él las cosas salieron mal…

Sus palabras quedaron de repente interrumpidas porque la puerta de la celda se había abierto. Venían a por los dos prisioneros. Helios miró al guardián y a sus enormes ojos rojos que se acercaban inexorablemente.

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4 comentarios »

  1. Fernando said,

    Que me daaaaa.

    ¿Asi que te gusta F. Pohl? es de los duros, ¿eh?

  2. Sí, dura que es una también 😉

    Me encanta la ciencia ficción, desde la Space Ópera hasta la hard Sci-Fi. No puedo evitarlo. Y cuando estoy inspirada, cuanto más dura sea la ciencia ficción, mejor 😛

    Pero aparte de cosillas como Man Plus, que sí que es durillo, tienes la serie de Póritco, que es realmente divertida. A ver si me la releo un año de estos..

  3. Fernando said,

    La saga de los Heechees!! muy buena elección.

  4. Ay, es que con esos libros me lo pasé como una enana 😀


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