septiembre 30, 2010

Alarma de incendios

Posted in Belgica y los belgas, Bruselas, Curro, El gigante de tres letras a 4:48 pm por La Petite en Belgique

Hoy a las tres y media de la tarde ha habido una alarma contra incendios. Como no sabíamos si era de verdad o un test (será porque estamos cerca de la O_T_A_N, que los hacen a menudo) evacuamos el edificio con toda la eficiencia que pudimos. Uno tuvo que colgarle el teléfono a un cliente (previa explicación de que a lo mejor estaba ardiendo el edificio), el mánager tuvo que interrumpir una reunión telefónica y el resto cogimos nuestros abrigos y nos unimos a la fiesta. En la zona hay bastantes empresas, así que en las escaleras y fuera se mirase donde se mirase, lo único que se veía era una marea humana.

Yo me arrimé a cuatro de mi departamento y nos instalamos en unas mesitas de madera la mar de campestres que los fumadores utilizan a diario. Al cabo de veinte minutos la marea empezó a dirigirse hacia los edificios, con lo que dedujimos que el simulacro había terminado. Al entrar había una cola enorme para entrar en los ascensores, así que subimos por las escaleras (tenemos suerte ya que sólo estamos en el segundo piso), con tan mala suerte que al ser escaleras de emergencia, es imposible abrirlas desde fuera. Aporreamos la puerta, esperamos un rato, seguimos aporreando, y al cabo de diez minutos uno de los encargados del simulacro nos abrió. Fin del recreo.

Bloggers por todas partes

Posted in Curro, El gigante de tres letras a 10:31 am por La Petite en Belgique

Un post rápido para decir que me acabo de enterar que uno de mis compañeros es blogger. Ahora mismo está escribiendo un post y poniendo fotos de sus últimas vacaciones. Creo que voy a acabar con tortícolis de tanto girarme para ver si puedo leer el nombre del blog.

septiembre 29, 2010

El Ken y el sol

Posted in Belgica y los belgas, el Ken a 8:01 pm por La Petite en Belgique

El Ken volvió el domingo por la noche en estado de shock y totalmente enamorado de México, la cultura latina, sus colores, su espontaneidad y el sol.

Estaba bastante afectado por el hecho de que estemos viviendo aquí “por su culpa”, en este país “horrible, frío, oscuro, gris y muerto” (palabras textuales). Que esto tiene que cambiar, que no podemos seguir aquí, y que ahora, después de una semana en México por su cuenta (sin mi ayuda), por fin se ha dado cuenta de que sí podría sobrevivir sin problemas en un país de habla hispana. Esto le ha dado ánimos y está haciendo más hincapié en sus clases de español. Se ha comprado un mega-diccionario y un libro de gramática y se pasa el día conjugando verbos.

Después de dos años quejándome es como si de repente ahora él viera todas esas cosas por sí mismo. Supongo que el hecho de que el país pueda estar a punto de separarse hace que que también se sienta algo desarraigado. Otro aspecto es que cada vez que vuelve de vacaciones de algún sitio cálido el mal humor le dura una semana. Y cada vez es peor que la anterior.

Hace dos noches, supongo que también debido al jet-lag, repetía una y otra vez que tenemos que irnos. Sí o sí. Ahora soy yo la que quiere irse con garantías.

septiembre 27, 2010

Madre sólo hay una

Posted in Belgica y los belgas, Bruselas, Family Tales a 8:30 pm por La Petite en Belgique

La semana pasada el Ken la pasó en México gracias a una conferencia. Disfrutó del sol, del tequila y de amabilidad de los habitantes de Oaxaca, que estaban tan contentos por organizar un congreso internacional, que organizaron un desfile por toda la ciudad en el que los que desfilaban eran los asistentes al congreso, es decir, el Ken y compañía.

Así que después de dos años y medio, por fin pude convencer a mi madre para que viniera a hacerme una visita. Pasamos muy buenos momentos en la semana que estuvo aquí, pero todo tiene efectos colaterales. En este caso fue que un día llegué a casa y me encontré el perchero y el mueble zapatero cambiados de sitio, dos bricks de leche de una marca que no solemos comprar, el poster de Elvis en la pared a la izquierda de la tele, los cartones en la basura del plástico y las botellas de plástico en la basura de los cartones. El Ken ha vuelto ayer y aún nos estamos recuperando del shock. Aún no sabemos si mantendremos los cambios o haremos UNDO.

El jueves por la noche nos fuimos a cenar a un sitio de pintxos vascos cerca de casa, donde el camarero acabó casi llorando con mi madre mientras ambos comentaban las grandezas del país, como el mal tiempo, los adoquines o la calidez de sus gentes. El pobre hombre llegó aquí hace tres años siguiendo a una mujer que lo dejó poco tiempo después, y es aún hoy el día que no conoce a nadie. Intercambiamos teléfonos y prometimos rescatarnos de la soledad y del mal tiempo. Después de la cena mi madre y yo nos fuimos de mojitos, algo muy saludable para ir a trabajar el viernes fresca como una rosa.

Esa misma noche mi madre hizo algo que me hizo plantearme si dormir juntas había sido una buena idea. A eso de las cinco de la mañana, como quería asegurarse de si a) yo seguía en la cama, b) seguía con vida, alargó un pie para ver si tocaba “carne”, con tan mala suerte que lo que tocó fue la planta de mi pie derecho y me hizo saltar medio metro de las cosquillas.

La última noche, viernes, nos fuimos a cenar a un restaurante etíope. Un amigo quería que fuéramos a cenar con él y sus amigos, pero mi madre, aterrorizada, dijo que no, que no le apetecía comer con desconocidos. Así que cenamos solas. Yo creía que le iba a encantar la comida, pero lo primero que me dijo al salir del restaurante fue que si la quería, que no la llevase más a sitios como ése. Tras la cena nos fuimos de mojitos con mi amigo y sus amigos. Mientras íbamos caminando hacia casa, mi madre decía: “Ay, teníamos que haber ido a cenar con ellos, qué majos son”. Sí, mamá, sí.

El baile de los cocodrilos

Posted in Curro, El gigante de tres letras a 1:12 pm por La Petite en Belgique

El señor cocodrilo y la señora cocodrila han venido a comer
yo no me acerco demasiado para que no me puedan morder.

Se ríen, se ríen y hacen gala de su estupidez,
es una pena, porque su anzuelo, yo no lo voy a morder.

septiembre 15, 2010

La distancia y el tiempo

Posted in Belgica y los belgas, El gigante de tres letras, Family Tales, Lonely moments a 6:07 pm por La Petite en Belgique

Llevo dos semanas de locura. Entre el curso que estamos recibiendo en el trabajo y las clases de flamenco y de francés estoy que no doy abasto. Tengo un post a medio escribir pero no encuentro el tiempo para acabarlo. Me faltan las horas de sueño y me sobran las horas de actividad.

El Ken se va este viernes a México y mi madre tiene pensado venir a visitarme y hacerme un poco de compañía. Le he preguntado si habría alguna posibilidad de traer a mi sobrina, pero su tono me indicó que la cosa estaba negra. He llamado a mi hermana y después de poner una excusa finalmente me ha dicho que no porque el padre no quiere que la niña se monte en un avión.

A finales de octubre finalizarán los vuelos directos a Vigo. Vuelta a Iberia, escalas en la T4 y a pagar un mínimo de 300 euros por visita a la familia.

Entre eso, y que en octubre-noviembre tenemos un bloqueo de vacaciones en el trabajo, no creo que pueda ver a mi sobrina hasta Navidades, si es que me dan los días. Y para colmo no sé cuántos días me quedan del otro trabajo porque la carta se ha perdido, y los emails que he intercambiado con HR indican un número que no era el que me habían dicho en un principio.

Yo que contaba con poder volar a Vigo cada tres meses y ahora está claro que no. He visto a mi sobrina con siete meses y no la volveré a ver hasta que tenga un año. Skype no es suficiente.

septiembre 3, 2010

El morro del otro novato

Posted in Curro, El gigante de tres letras a 7:13 pm por La Petite en Belgique

Creo que algún día voy a matar al otro novato.

La semana que viene y la siguiente tenemos un curso en Vilvoorde. Es allí porque no hay salas disponibles. Cosas de las megaempresas. El que va a impartir el curso sigue de vacaciones, así que hace unos días nos envió unas instrucciones en las que nos pedía que lleváramos el portátil a las sesiones en donde previamente hubiésemos instalado VMWare (un software para crear máquinas virtuales) con un Windows 2003 y algunas cosas más.

En teoría, aunque tengamos un portátil, las virtualizacines las solemos hacer en un ordenador de sobremesa aparte al que llamamos laboratorio. Como llevarse el ordenador de sobremesa (más pantalla, ratón, reclado y cables) sería bastante incordio (sobre todo para mí, que iré en tren), el mentor propuso que lleváramos el portátil con los programas instalados, y más tarde, en la oficina, podríamos transferir al laboratorio lo hecho en el curso.

Todo iba bien… hasta que el otro nuevo dijo que eso era una tontería, que era mejor llevar también el laboratorio, así la instalación la hacíamos “de verdad” y era menos trabajo a posteriori. Para ti, quise decir, que tienes coche y poca visión de las cosas (yo ya me veía cargando con todos los bártulos a lomos de un burro). Él se ofreció a cargar mis cosas en su coche hoy viernes y el lunes llevar todo a Vilvoorde. Accedí, pero poco convencida. Reafirmó su postura con una llamada al mentor y un largo mail lleno de palabras vacías y muchos números en el que le daba cera a un buen número de personas (está claro que en este mundo se lleva lo del “yo te froto, tu me frotas”.

Más tarde le recuerdé que además de la cpu tenemos que llevarnos los demás extras (pantalla, teclado, ratón, cables) y me contestó que no, que como funciona como servidor del portátil, que no hace falta. Le pregunto que cómo va a saber cuándo ha arrancado y cómo va a meter la contraseña para apagarlo, y me contesta que apagará con el botón y punto. Y que si necesita pantalla, que lo conectará al proyector del profesor. Pues que bien.

Yo decidí llevar la pantalla, vamos, que no quería verme con cara de idiota y no poder hacer nada por culpa de otro. El nuevo torció el gesto y nuestro jefe se ofreció a llevar el monitor y accesorios.

Como el nuevo sale una hora antes que yo, decidí hacer las cosas a tiempo. Apagué el laboratorio y me acerqué al él antes de empezar a sacar cables y candados (tenemos los ordenadores prendidos con un candado a la mesa). Me dijo que estaba muy mal de tiempo, que no había acabado de instalar las cosas necesarias para el lunes. Mi cara debió de ser un cuadro de Picasso, porque yo acabé con esas cosas ayer por la mañana (en realidad algo más, ya que tengo una máquina virtual más con otra versión del programa), y ayer y hoy lo he dedicado a otras cosas y a jugar un poco con las virtualizaciones (aún no he he sido capaz de instalar AROS). La verdad, no puedo entender como alguien puede tardar cuatro días en rellenar un cuestionario (nos lo envió el mentor para evaluar nuestro nivel) e instalar dos Windows 2003, dos SQL y otro programa más que necesitaremos. Simplemente no lo entiendo.

Así que ni corto ni perezoso, el nuevo me comunicó que aún le faltaba por hacer no se qué y que le llevaría hora y cuarto, pero que como se tenía que ir ya, que mejor era que fuéramos a la oficina el lunes a las 8 de la mañana a recoger
los ordenadores y luego iríamos juntos a Vilvoorde (tenemos que estar allí a las 9). Yo creo que a ese chico le debe faltar un hervor y no las caza ni aunque le caigan encima, ya que tampoco entendió mi cara esa vez. Le expliqué que para estar en la oficina a las 8 tenía que salir de mi casa a las 7. Ni se inmutó, pero mi jefe ya no estaba, no tenía ningún Windows 2003 a mano (para instalar en el VMWare del portátil) y como no me llevara el ordenador a lomos de una burra, no tenía opción. Así que no me quedó más remedio que morderme la lengua y acceder.

Hoy al mediodía vino su novia a comer con nosotros. Apareció con su tarjeta roja de visitante y a los dos minutos ya estaba dirigiéndose a nuestro jefe como si le conociera de toda la vida. Va a ser que dios los da y ellos se juntan, porque estos dos tienen un morro que se lo pisan.

septiembre 2, 2010

Estrenando trabajo

Posted in Curro, El gigante de tres letras a 8:58 pm por La Petite en Belgique

Llevo dos semanas y media intentando encontrar un hueco para escribir y relatar mis impresiones. Algunas cosas han cambiado poco en los últimos días, otras han dado un giro de 180 grados.

Los primeros días fueron bastante desastrosos. Me dieron un portátil como condena que me tengo que llevar a casa todos los días. La razón que han dado es que si se quemase el edificio, se inundase la zona o cayera una bomba nuclear, debería ser posible que trabajáramos desde casa. Portátil más bolsa para colgar al hombro, peso total: tonelada y media. No, tanto no, pero cuatro kilos y pico no se los quitaba nadie.

Mientras arrastraba los pies al salir del metro me decía que mi espalda no iba a durar ni dos telediarios bajo el peso de aquel maletómetro. Al día siguiente pedí un maletín con ruedas. Me preguntaron si quería encargar uno nuevo (enviar formulario y luego esperar a que el infierno se congelase) o heredar uno que alguien había dejado por allí tirado. Les dije que el viejo y usado me venía der perlas.

Poco más de una semana me duró la ilusión de las ruedas nuevas, ya que los adoquines de Bruselas parece que hayan sido colocados al azar, y uno no sólo se arriesga los tacones en ellos (hace siglos que no me pongo zapatos altos), sino las ruedas de las maletas (dos ruedas de sendas maletas en Leuven el año pasado y el anterior). Así que decidí probar otra solución: la mochila.

En este caso también fue heredada. Mi mentora prefería seguir usando la vieja, que es más amplia que las nuevas, así que tenía la nueva muerta de risa al lado de su escritorio. Me dijo que la probase y que si me gustaba, que me la quedase. No es ninguna maravilla, pero al menos tiene cinta de sujeción a la cintura, lo que alivia bastante el peso sobre los hombros, y ahora que ya he terminado el libro de Correcaminos, que pesaba otra tonelada, siento la mochila algo más ligera.

Antes me quejaba de que perdía once horas al día, ya que me pasaba tres horas entre metros, trenes y buses. La verdad, pensaba que ese aspecto iba a mejorar mucho, pero al final puedo decir que siguen siendo casi once horas las que le dedico al trabajo. Voy en metro y en bus, y el trayecto son unos cuarenta y cinco a cincuenta minutos. Nos pasamos una hora más en el trabajo, pero a cambio tenemos más vacaciones (siete semanas en lugar de cuatro). Siguen
siendo once horas, pero el premio es mayor y el riesgo de retrasos y problemas de tranbordo menores.

Los dos primeros días fueron bastante duros porque me habían dado un portátil pero no tenía acceso a nada, mis cuatro mil cuentas no estaban activadas y yo estaba más perdida que un pulpo en un garaje. Y a eso hay que sumarle la
habilidad que tiene el otro chico nuevo (tiene dos semanas más de antigüedad que yo) para aparentar que tiene todo bajo control y que no le hace sombra ni dios, combinado con una habilidad denomidada “l*m*C*l*s”. En sí parece buen
chaval, pero cuando le da el ramalazo “déjame a mí, haz así porque es así y punto” me dan ganas de arrancarle la cabeza. El caso es que a nivel técnico lo veo bastante perdido, así que me tranquilizo y sé que hay sitio para mí.

Hay otro que cuando habla se le oye dos pisos más abajo. Es ruidoso, bromista y en mi primer día de trabajo me aconsejó que no me agobiara y que me preocupara por cosas importantes, como localizar los baños y consultar mi
cuenta de gmail y mi facebook. Es una pena que a veces tenga el detalle feo de no contestar ni explicar ciertas cosas.

El de mi derecha es un santo de la paciencia, hablando bajito, tomándose tiempo para explicarme las cosas.

Mi jefe no es belga, sino un flamenco separatista que está impaciente por ver el país escindirse en dos. No siente que tenga nada que ver con Valonia ni con Holanda. En su opinión, los valones tienen que demostrar que se valen por sí mismos, y los holandeses no tienen estilo.

Mi manager sólo ha demostrado ser un encanto. A ver si no acaba dando malas sopresas.

En total somos quince. Mi mentor oficial todavía está de vacaciones, pero volverá el lunes para darnos un curso de dos semanas. Sé que hay cosas que no me gustan, como los mil y un procedimientos super largos y tediosos, pero la verdad es que estoy impaciente por aprender, y por fin, después de mucho tiempo, siento que el trabajo puede motivarme y ya no es un sitio entre cuatro paredes donde lo más interesante es contar las horas que faltan para salir.