agosto 5, 2011

Adiós a la moto

Posted in Anecdotas, Belgica y los belgas, moving to Spain a 3:25 pm por La Petite en Belgique

Después de mes y medio, ayer por fin vendimos la moto. La compramos hará unos dos años y medio, y habíamos decidido venderla a principios de este año. Motos como esa hay mil modelos diferentes a la venta en España. Aquí no tantos, no hay mercado. Nos dió bastantes problemas y debido a la nieve y a la constante lluvia apenas la hemos usado en los últimos meses. De hecho lleva parada bastante tiempo.

La pusimos  a la venta por internet el día del cumpleaños del Ken, el 19 de junio. Hubo unas cuantas ofertas, pero nada decisivo. Hace dos días tenía una llamada de un número desconocido  en mi móvil. Ayer por la mañana volvieron a llamar y contesté. Querían ver la moto. Como yo trabajaba desde casa les dije que hacia mediodía estaría disponible.

Cuando se acercaba la hora me asomé a la ventana y vi un coche con un remolque. Tuve un presentimiento. A los pocos minutos me llamaron por teléfono y bajé. Eran los del coche con el remolque. Vieron la moto, la arrancaron, regateamos un poco y se la llevaron.

Nos pagaron bastante menos de lo que pedíamos inicialmente, pero ahora que lo pienso, pedíamos demasiado por cómo estaba la moto. Es posible que la hayamos malvendido, pero lo que queríamos era deshacernos de ella y por fin lo hemos conseguido. Una razón más para que el Ken pueda dormir por las noches. Un lazo menos que nos ate a Bélgica. Esto se mueve.

junio 7, 2011

Yo no como, yo trabajo

Posted in Anecdotas, Bruselas, Curro, El gigante de tres letras a 12:51 pm por La Petite en Belgique

Acabo de subir de la cantina y me he encontrado a mi compañero el francés. La conversación ha sido algo así:

“Hola, ¿qué tal?”, me ha preguntado.

“Bien, ¿y tú?”.

“Bien, ¿vienes de comer?”.

“Sí, he comido con los otros”.

“Como siempre, supongo”.

“Sí, ¿y tú?”.

“Yo nunca voy ahí”.

“¿A dónde vas?”.

“A ningún sitio”.

“¿Donde comes?”.

“No como, trabajo”.

“¿Y no tienes hambre?”.

“No, debería ganar algún kilo, pero me da igual”.

mayo 10, 2011

Rocky Balboa

Posted in Anecdotas, Bruselas, Curro, El gigante de tres letras, el Ken a 11:40 am por La Petite en Belgique

Es cierto que el perro es el mejor amigo del hombre. Nuestra perrita India siempre ha estado atenta a cualquier mínimo movimiento o necesidad por nuestra parte. Recuerdo el día que mi madre subía las escaleras de casa de mi abuela con las bolsas de la compra y se dio cuenta de que se había dejado una abajo porque la perra no quería subir. Si pudiera hablar hubiera dicho “¡eh, espera, mira, aquí, que te has dejado una bolsa!”.

Por desgracia todo tiene su parte buena y su parte mala, y una vez, al llegar mi madre a casa, India se puso tan contenta que de los saltos que daba le dio un golpe a mi madre en la cabeza, más bien cerca de ceja derecha. Aquello se le hinchó y se le puso de mil colores, y es que India no tiene una cabeza, tiene un coco duro como una piedra. Recuerdo a mi madre saliendo de casa con gafas de sol y la historia de cuando fue a la farmacia a comprarse algo para el ojo morado. Al parecer se sacó las gafas, puso una cara de culpable que decía a gritos “mi marido me ha pegado” y pidió una pomada para el ojo.

Y esta vez soy yo el vivo retrato de un cruce de Rocky Balboa con un sapo. Me maquillo el ojo y siento las miradas inquisitivas en el bus por la mañana. Resulta que ayer por la mañana, por culpa de una chapuza por parte de nuestro querido y amadísimo jefe de equipo, pensé que tenía que trabajar desde casa. Pero algo no cuadraba. Asi que lo llamé por teléfono y me aclaró que el documento tenía un problemilla y que no era necesario que trabajara desde casa. Eran las 8:20, yo estaba en bata y tenía la comida sin hacer. Le informé que llegaría un poco tarde, ya que mi bus estaría pasando en esos momentos y aún tenía que salir de casa y coger el metro hasta la parada del bus. En ese momento un torbellino hizo su aparición en nuestro apartamento. Me freí un filete, tiré la bata en el sofá y busqué por los cajones esas camisetas de manga corta que llevo meses sin ponerme. Cuando tuve todo listo me cargué la mochila al hombro y procedí a abrir la puerta del apartamento a toda velocidad y sin apartar la cabeza de donde la tenía. Os aviso, niños, no hagáis esto en casa, pues os arriesgáis a que os pase lo mismo que a mí. El dolor me dejó medio K.O. Tiré la mochila al suelo y me fui al espejo del cuarto de baño con la esperanza de que el daño no hubiera dejado efectos visibles. Un dolor insoportable pero sin ningún rasguño era lo que yo quería en ese momento, pero no. Me veo en el espejo y veo que en la ceja izquierda tengo una linea pequeñita roja por la que, al cabo de unos segundos, empiezan a salir gotas de sangre. No parece nada más, sólo que no para de sangrar. Miro la hora y me vuelvo a convertir en torbellino. Me cuelgo la mochila y me pongo un pañuelo en la ceja, y cuando estoy subiéndome a mi bus media hora más tarde de lo normal ya no me sangra.

Al llegar al trabajo y verme en el espejo del ascensor veo que en efecto ya no sangra, pero que la parte entre el ojo y la ceja ocupa el doble de lo normal, y si arqueo las cejas se ve una mancha rojiza. Oh, no, lo que me faltaba. A la hora de comer he intentado explicar mi pelea con la puerta, mientras me parece ver miradas que dicen “sí, claro, cuéntanos lo que quieras, que está claro que el Ken te ha pegado”. En esos momentos me acuerdo de mi madre con sus gafas de sol entrando en la farmacia.

Esta mañana me he levantado con el párpado no dos, sino tres veces su tamaño normal, pero después de la ducha y el desayuno parece que ocupa sólo vez y media (es lo que tiene levantarse por las mañanas con los ojos hinchados, que romántico sería para una primera noche juntos, ja). Un poco de maquillaje (qué suerte que compré maquillaje el sábado pasado para ponerle el día de la boda del hermano del Ken), un poco de lapiz de ojos para disimular esa ceja que un peluquero me cortó, una camiseta rosa que tiene una vaca con un vestido de noche y unos pendientes de calavera para distraer la atención. Así nadie se va a dar cuenta.

abril 12, 2011

Recomendación

Posted in Anecdotas, Curro, El gigante de tres letras a 4:37 pm por La Petite en Belgique

Mil responsabilidades nuevas, cambios, cosas a tener en cuenta. Necesito unas vacaciones. ¡Menos mal que el jueves por la tarde nos vamos a Madrid! Y después a Vigo, a ver a la familia y a los amigos.

Acabo de tener una conversación telefónica con un compañero del Gigante de Tres Letras que trabaja en Madrid (el que me envió el libro dedicado por su padre). Por desgracia, no podremos quedar, ya que él también aprovechará las vacaciones y se irá a la costa. Pero me ha contado un secreto. En breve es posible que se vaya de la empresa y según él, yo sería el candidato ideal para el puesto que él va a dejar. Si encuentra trabajo en otro sitio (está ya en varios procesos de selección), me recomendará para el puesto. Crucemos los dedos.

noviembre 15, 2010

Bomba

Posted in Anecdotas, Bruselas, Curro, El gigante de tres letras a 6:30 pm por La Petite en Belgique

Estoy en casa. Un poco antes de las 4 de la tarde, los altavoces que utiliza el gigante de tres letras para anunciarnos las alarmas de incendios han empezado a pitar. Lo normal es que alguien nos dé un anuncio vocal en el que expliquen que tenemos que salir ordenadamente del edificio, pero hoy sólo había pitidos de vez en cuando. Nos hemos puesto a mirar por la ventana y hemos visto una fila de Volvos y Audis saliendo del aparcamiento. Al poco rato ha venido un hombre con un chaleco reflectante y nos ha anunciado que estaban evacuado toda la zona porque en las excavaciones del nuevo túnel habían encontrado una bomba sin detonar de la Segunda Guerra Mundial.

Así que recogimos  nuestras cosas, sin olvidar el cable de alimentación del portátil, para seguir trabajando en casa (y quizá continuar mañana) y salimos en estampida. Al llegar abajo descubrí que había un montón de policías y de que los buses de la zona estaban cancelados. Mi plan de ir andando hasta la OTAN y coger un bus allí tampoco  iba a funcionar, ya que el paso estaba cortado también para peatones.

Le pregunté a un policía y me dijo que si caminaba hacia el otro lado podría coger un bus que me llevaría a Bruselas Norte. Empecé a caminar y me encontré a un compañero de trabajo que iba hacia su coche y se ofreció a acercarme.

Así que he terminado mi jornada laboral en casa. Ni idea de donde me tocará mañana.

octubre 21, 2010

Viviendo al límite

Posted in Anecdotas, Belgica y los belgas, Bruselas, el Ken, Reflexiones a 7:25 pm por La Petite en Belgique

Algunos días tengo problemas para dormir, pero no es nada que una valeriana no pueda solucionar (tanto no y tanto nada juntos marean al Ken en su aprendizaje del español). Sin embargo duermo profundamente, y es rara la vez que me despierto en medio de la noche. Y me cuesta tanto despertarme que, aunque con la primera alarma ya abra los ojos, debido al ritmo de mi respiración, el Ken tiene la certeza de que aún sigo durmiendo. Y muchas mañanas me despierto en medio de algún sueño absurdo interrumpido, un sueño que intento reconstruir en la ducha como si de un rompecabezas se tratasa.

Esta noche tocó soñar que yo vivía en un reino en el que el rey era un tirano de mucho cuidado y nos obligaba ir a la guerra, y si lo que nos tocaba era vivir tiempos de paz, nos enviaba a un sitio donde nos daban un tajo en la cara sólo para recordarnos los duros tiempos de guerra y que por siempre seguiríamos bajo su yugo.

Como yo me negué a que me cortasen la cara (vaya cicatriz más fea de diez centímetros me iba a quedar) me convertí en una proscrita, así que mi intención era escapar como fuese y llegar a toda costa a casa de mi madre. Ello suponía escapar por los pelos en coches robados, dormir entre los arbustos por el día y caminar por carreteras secundarias por la noche.

Por desgracia, el despertador sonó cuando yo aún estaba vagando de noche por los caminos y recibiendo sobras de comida de los bares y algunas casas, así que no sé si al final habría conseguido llegar a casa de mi madre (¿a España? ¿desde Bélgica?).

Lo que sí sé es que en la vida real también corro bastantes peligros. A menudo cruzo la calle en rojo, y cuando lo hago en verde, el 90% de las veces voy leyendo (sí, me he convertido en una adicta). Ayer cuando volvía a casa sobre las siete de la tarde y ya totalmente de noche, crucé la calle en el cruce justo delante de nuestra casa. Cruzaba en verde y no iba leyendo (aunque llevaba el libro en mi mano derecha, totalmente entumecida por el frío). En ese momento un coche giraba y se incorporaba a la calle que yo estaba cruzando, cuando algo me dijo que ni la distancia, ni la velocidad ni el pavimento mojado me cuadraban. Tuve tiempo de dar un salto hacia atrás para que el coche no me arrollara. El conductor me pidió perdón sin mucha convicción por no haberme visto (porque mi abrigo gris-claro-casi-blanco es difícil de ver, he) y yo, al ver si falta de reacción por su parte, puse una de mis caras más indignadas. Temblando y con el corazón saliéndoseme del pecho, vi que el Ken acababa de llegar en la moto. Al menos podría contarle mis desventuras a alguien.

julio 22, 2010

La barrera del miedo

Posted in Anecdotas, Belgica y los belgas, Curro, la dura vida del teleoperador, Reflexiones, Smiling a 3:26 pm por La Petite en Belgique

Justo cuando estaba deseando salir de aquí sin pena y sin mirar atrás, porque es cierto que he conocido a mucha gente aquí, pero pocos los que pueda llamar amigos; justo hoy me da pena no haber tenido más tiempo para conocer más a una persona.

Es cierto que la rutina nos convierte en máquinas. Uno se monta en el tren por la mañana aún con las legañas colgando, llega al trabajo, emite un bufido que nada tiene que ver con un “buenos días”, se pasa ocho horas sentado delante del ordenador, mira el reloj repetidamente esperando la hora de salida, y cuando ha llegado, corre lo más deprisa posible para coger el autobús. Muchas veces no nos paramos a pensar y ponernos en la piel de ese compañero del equipo de al lado que siempre tiene cara de malas pulgas. Y es una pena. Es una pena que siempre nos dejemos llevar por los prejuicios y el miedo y nos pasemos el día con el culo pegado a la silla y mirando al frente como burros con orejeras.

Ayer intenté salir de esa rutina y respondí a un mail que nos había enviado un vecino a los españoles de nuestro equipo. Era un mail con una broma con poca gracia, quizás por eso fui la única en responder. Por eso y por lo de mas arriba, que si el miedo, los prejuicios y la cara de pocos amigos.

Pero yo he tenido la suerte de poder conocer un poquito a un compañero que lleva meses sentándose a cinco metros de nosotros, un hombre que ha luchado para abrirse camino en este país. Viúdo, casado con una belga, con cinco hijos (dos suyos y tres de ella) y con un título que nada vale en este país. Se pasó seis años de amo de casa para criar a sus hijos mientras su mujer trabajaba fuera, poco después entro aquí y ya lleva algo más de dos años; un trabajo que para la mayoría no es gran cosa, pero que para él fue como maná caído del cielo. A hora y media de mi casa, pero a ocho minutos en bici de la suya. Es que todo depende el cristal con que se mire.

Una pena no haber traspasado la barrera antes, pero me alegro de haberle conocido y le deseo toda la suerte del mundo.

julio 14, 2010

Paquita

Posted in Anecdotas, Belgica y los belgas, Lonely moments, Reflexiones a 3:35 pm por La Petite en Belgique

Paquita había cogido el metro para ir a Comte de Flandre. Quería comprar unos detalles para la familia de su marido, ya que pensaba visitarlos en menos de dos semanas. Me senté frente a Paquita mientras ésta estornudaba repetidas veces debido a la pousière. Comenzó a hablarme en francés, como es usual, para pasar al castellano una vez que le dije que no era marroquí. Un castellano con guindas de francés repartidas aquí y allá. Paquita tiene ochenta y dos años, pero una energía y una jovialidad como si tuviera quince. Me habla de su marido que murió hace tres años. Que le da mucha pena. Que a veces va al cementerio y le cuenta las cosas que hace. Lo echa mucho de menos porque era muy bueno, pero le habla en el cementerio porque así no piensa y no llora. Paquita dice que toma la vida como viene, si hay mucho se hace mucho, y si hay poco se hace poco. Le da mucha pena su marido, pero Paquita no llora porque toma las cosas como vienen. En cambio yo tengo que hacer verdaderos esfuerzos para que no se me caigan las lágrimas allí, en medio del cochambroso metro.

Paquita es de Málaga, pero se casó con un marroquí. Tras eso perdió a muchas de sus amigas. Vivieron doce años en Marruecos y luego se vinieron a Bélgica. Paquita lleva aquí cuarenta años. Dice que como España no hay nada, pero sin embargo en España no tiene a nadie, por eso sigue aquí. Tiene cinco hijos, casados todos con españolas. Sus nietos son medio españoles medio marroquíes, pero no pasa nada, porque lo importante es que sean buena gente. Paquita quiere comprar unos pañuelos de seda para su suegra, pañuelos de esos tan bonitos que las marroquíes llevan en la cabeza. Le encanta comprar regalos, ya que ella ni bebe ni tiene grandes gastos. No sabe exactamente qué día se va, pero su nieto tiene el billete y todo apuntado. Paquita tiene varios nietos y un bisnieto. Casi todos sus nietos están casados, aunque tiene uno que vive con su novia. Antes eso estaba muy mal visto, pero ahora son otros tiempos. Cada uno hace lo que quiere. Lo importante es ser buena persona.

Paquita llega a su parada y se tiene que bajar. Me da un beso y dice que espera que nos volamos a ver. Yo me quedo petrificada y no reacciono. Al bajarme en la siguiente parada me arrepiento de no haberle dado mi teléfono. Será que se me habrá pegado algo de la frialdad del país.

julio 7, 2010

Alergia (segunda parte)

Posted in Anecdotas, Belgica y los belgas, Curro, De médicos, el Ken, la dura vida del teleoperador, Lonely moments a 9:46 am por La Petite en Belgique

Hace unas tres semanas, tras una fiesta que dimos en casa para celebrar el cumpleaños del Ken, mientras recogíamos la mesa, me puse a comer pasas, cacahuetes, almendras y anacardos. Al poco rato se me hincharon los labios. Me tomé una pastilla para la alergia y en un día volví a la normalidad. No volví a pensar en el tema.

Hasta que ayer me puse mal tras comer aquella manzana que compré en el trabajo. Nada más comerla noté como las encías me picaban mucho y se me hinchaban un poco, por lo que me fui a lavar los dientes. A la media hora la mitad de la boca se me había hinchado (tiendo a masticar más por un lado que por otro) y al poco rato empecé a notar como la garganta “apretada”. Me levanté de un salto y, como en ese momento no tenía ninguna pastilla conmigo, di la voz de alarma. Mi jefe me llevó a la recepción, donde las recepcionistas me miraron de forma anodina y se tomaron toda la calma del mundo en llamar a un médico, que por teléfono les dijo que me fuera a una farmacia a comprar unas pastillas para la alergia. Cabe decir que nuestro trabajo está en una zona industrial al norte de un pueblo. Yo no tengo coche y el bus pasa, en teoría, cada media hora.

Al cabo de un par de minutos, aparece uno de mis compañeros con una pastilla de reactine que le ha dado un italiano. Me la tomo y me vuelvo a mi mesa. Parece que poco a poco va haciendo efecto, aunque aún sigo notando la boca hinchada y como agarrotada.

Al cabo de unos cuarenta minutos vuelvo a sentir lo mismo en la garganta y me asusto mucho. Mi jefe encuentra otra pastilla (Medrol), pero yo estoy cada vez peor. Llamo a mi médico y le cuento lo que me pasa. Me aconseja que aunque sea poco, por si las dudas, que me vaya a un hospital. Mi jefe y yo volvemos a la recepción, y tras otros segundos de miradas como diciendo “¿pero qué quieres que haga?”, al final deciden que me tengo que ir al hospital. En ese momento yo me empiezo a preocupar por el dinero, ya que sólo llevo poco más de diez euros encima y aquí los taxis son bastante caros. Por otro lado tampoco sé cuánto me van a clavar en el hospital, y no sé si aceptarán tarjeta…

Al final llaman a una ambulancia y mi jefe me lleva a la habitación donde está el botiquín (donde no tienen un triste antihistamínico) y esperamos. Él llama por teléfono al departamento que lleva las faltas al trabajo y las llegadas tarde. Aquí hay que hacerlo todo oficial, así que aunque uno se encuentre dentro del edificio, hay que llamar para decir que se va porque está enfermo. Yo cada vez me pongo más nerviosa y cuento los minutos mientras la ambulancia no llega. Al cabo de un rato baja una de las del equipo de faltas para “asegurarse” de que estoy mal y de que me lleva una ambulancia (desgraciados). Cuando la ambulancia llega y tengo un pie ya dentro de ella, esta mujer me pregunta si volveré hoy a trabajar. Mi jefe la mira con mirada asesina y le dice que no, que volveré al día siguiente.

Ya en la ambulancia, la enfermera me pregunta los datos, me pide el dni belga y la tarjeta sanitaria. Me pregunta la dirección, ya que no viene en el dni. Al llegar al hospital me conducen a un box y espero. Al cabo de un rato aparece una mujer bajita para volver a preguntarme la dirección, porque la que les aparece en el ordenador al insertar mi dni en el lector es diferente de la que le di a la enfermera. El problema es que mi calle tiene dos nombres completamente distintos en francés y en flamenco. La verdad es que produce un poco de malestar que en urgencias te pregunten varias veces por tu dirección pero no por cosas como tu peso. Vuelve la enfermera y me mide la tensión (11-6, baja), la temperatura y la frecuencia cardíaca y se va. Al cabo de un buen rato aparece un médico algo mayor que me mira de arriba abajo mientras estoy sentada en la camilla, desde la chaquetilla gris, pasando por la minifalda negra, leggins negros y bailarinas de leopardo (en invierno parezco un fiasco de como voy vestida, pero los tres meses de verano hasta me pongo mona). Me daban ganas de decirle si uno tenía que estar feo para ir al médico. Me pregunta cómo ha sucedido todo y yo le cuento lo de la manzana, lo de mis alergias y le enseño la hinchazón. En ese momento parece que la segunda pastilla está haciendo ya algo de efecto y me encuentro un poco mejor.

El médico se va y al cabo de otro rato viene una enfermera con un vaso de agua y una pastilla. Me habla en flamenco y entiendo muy poco de lo que me dice (hay que ponerse en situación, con la cara hinchada y con presión en la garganta). Le pregunto si habla francés o inglés. Me dice que no, deja la pastilla y el vaso en la mesita y se va.

En ese momento me llama el Ken por teléfono, que justo esta semana está en UK por un congreso. Le cuento la aventura intentando no preocuparlo demasiado.

Como pasan quince minutos y la enfermera no ha vuelto, me tomo la pastilla, que resulta ser un antihistamínico (la tercera ya). Al cabo de otro rato más, vuelve a aparecer con tres jeringuillas. Con lenguaje de signos y hablando como los indios, le pregunto y me dice que que es un no-se-qué (que en ese momento supongo que será cortisona) y algo para el estómago porque la medicación es bastante fuerte. La tercera jeringuilla no sé lo que es y el inglés de la enfermera no da para más (más tarde en el informe médico sólo aparecen las dos cosas que me dijo).

Me pone las inyecciones, dejando una lustrosa mancha de sangre en la camilla y empiezo a sentir un sabor metálico en la boca. Después de preguntarle cinco veces, me dice que es normal.

Se va y me quedo una hora sola. Me entra sueño y doy cabezadas. Puedo respirar con normalidad, y tengo la boca menos hinchada. Cuando viene el médico, la boca se me ha hinchado un poco otra vez, pero en lineas generales estoy bien. El médico me receta unos antihistamínicos y me da una nota para mi médico. Me aconseja que otro día vuelva a probar una manzana a ver que pasa, y si me hincho, que me tome dos pastillas, que me darán tiempo para correr al hospital. Supongo que algún día lo haré, pero en ese momento la idea no se me antoja nada apetecible. Me conduce a la salida, le pregunto por la factura y me dice que me la enviarán a casa. Supongo que pronto me enteraré qué es más caro, si un taxi o una ambulancia.

Salgo del hospital e intento orientarme. Estoy cerca de la estación, así que me cojo un tren y me voy a casa. Son ya las cuatro, así que llego a casa cerca de las cinco. Vuelvo a llamar a mi médico para darle las gracias y me dice que es normal que siga teniendo la cara un poco hinchada, que si me han puesto la inyección estoy fuera de peligro. Que descanse que seguramente estoy bastante cansada. Y como si hubiera dicho las palabras mágicas, en ese momento me doy cuenta de lo cansada que estoy. Me tumbo con un libro en el sofá y pasan las horas mientras intento leer y doy cabezadas que duran segundos.

Mientras estoy en ese estado de semivigilia, llama el Ken, preguntándome que cómo estoy y animándome para que vaya a la soiré que hay todos los martes en un bar cerca de casa donde practicamos swing. Le digo que estoy muy cansada, pero le doy la razón cuando me dice que me hará bien el distraerme y ver a gente. A las ocho y cuarto salgo de casa arrastrando los pies.

Cuando llego al bar veo que hay poca gente y me siento en una de las mesas a charlar con una chica del curso. Chapurreamos en francés unas cuantas cosas y otro de los del curso me saca a bailar. Poco a poco voy sintiéndome mejor y parece que voy ganando fuerzas. Me vuelvo a sentar con la chica de antes y al cabo de un rato uno de los camareros me trae una especie de batido de fresa con dos fresas ensartadas en el borde del baso. Tiene una pinta muy apetecible, pero después del episodio de hoy estoy bastante paranoica y no me apetece comer nada de fruta. No sé que hacer. Le explico lo ocurrida a la chica y le ofrezco el batido. Dice que no se lo puede tomar, que el batido es para mí y sería descortés, así que tras unos minutos me levanto y le digo al camarero que muchas gracias, pero que no me lo puedo beber porque bla, bla bla. Le cuento algo de lo de hoy y sólo se le ocurre decirme que las fresas no son lo mismo que una manzana.

Bailo un poco más y retraso todo lo posible la hora de irme a casa. Esta semana estoy sola y no me apetece enfrentarme a mí misma y a mis fobias. A las 10:45 me voy, llego a casa, me ducho y me voy a cama con un libro, con miedo a quedarme dormida y despertarme con la garganta hinchada y sin fuerzas para llamar a una ambulancia. Sé que soy una exagerada, pero en aquel momento estaba demasiado asustada, y el hecho de estar sola no ayudaba.

Al final no he dormido mucho, pero hoy parece que estoy bien. La boca se me ha deshinchado casi por completo y estoy de nuevo en el trabajo, cumpliendo con mi deber.

julio 6, 2010

Alergia

Posted in Anecdotas, Belgica y los belgas, la dura vida del teleoperador a 11:00 am por La Petite en Belgique

Esta mañana me he levantado temprano y he salido a correr. Al llegar al trabajo, fui a la cafetería a comprar un plátano, pero como estaban verdes, al final me he decantado por una manzana.

Tras acabar de comerla me han empezado a picar las encías, y unos veinte minutos después se me ha hinchado un poco la parte izquierda de la boca (es como si tuviera los músculos agarrotados). Al cabo de una hora he tenido problemas para respirar.

Me he asustado mucho. Me levanté a toda velocidad y busqué  mis inhaladores y pedí ayuda. Mi jefe me llevó a recepción a ver si tenían algo útil en el botiquín. Las de recepción tan solo contestaron con toda la cama del mundo que qué queríamos. Han llamado a un médico y me han dicho que me tomara algún antihistamínico. Yo no llevaba ninguno encima, pero un compañero me ha dado una pastilla.

Otra de las múltiples sorpresas de ser polialérgica, que nunca sabes qué alergia nueva aparecerá mañana.

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