agosto 21, 2009

Culpable

Posted in Belgica y los belgas, el Ken, Finde moments, Lonely moments a 12:53 pm por La Petite en Belgique

Hace tiempo conté lo que había pasado con las dos chicas españolas que conocía que se quedaron en Bélgica cuando ya todo el mundo había partido. El resumen es que, a pesar de que lo intenté, no supe más de ellas. Poco tiempo después, una se volvió a España, y durante un par de ocasiones hemos tenido alguna corta conversación por msn o skype, pero sin entrar en detalles.

La semana pasada me di cuenta de que yo tenía 3 DVDs del novio de la otra, la que se quedó aquí, y como hace unos meses alguien me dijo que se había vuelto a Leuven (estuvo un año viviendo en Bruselas), decidí llamarla para devolverles los DVDs. Lo intenté el sábado por la mañana, a eso de las 11. Mi corazón latía deprisa mientras escuchaba el tono de llamada. No contestó. Probé más tarde, cerca de las 3, y ahí sí que pude hablar con ella. Le dije lo de los DVDs y al momento, casi sin preguntarme nada ni decir lo típico de “cuánto tiempo”, me pasó al novio. Él estuvo mucho más elocuente, preguntándome qué era de mi vida y tal y cual y que pasara cuando quisiera por su casa o que podía venir él a buscar las pelis.

Me quedé patidifusa. No esperaba que ella fuese super agradable, pero el hecho de que él si lo fuese me dejó de una pieza. Al llegar el Ken a casa se lo conté y le propuse que se viniera conmigo, porque pensaba volver a llamarla y llevarle las pelis sobre las 5 de la tarde.

Llegamos a su casa y llamamos al telefonillo. Quien apareció en el portal fue el novio de mi amiga. Nos iba a invitar a su casa, pero justo en ese momento se dio cuenta de que se había dejado las llaves dentro. Llamó al telefonillo para que ella bajara. Una espera interminable. Mientras tanto estuvo hablando con nosotros, como si todos estos meses no hubieran pasado. Fue muy agradable. Volvió a llamar. Al final ella apareció con cara de desgana. Él casi tuvo que empujarla y le dijo: “venga, ven a hablar con tu amiga”. La conversación fue algo forzada, y al final de ella, nadie dijo eso de “a ver si nos vemos pronto”, aunque el novio hizo un intento fallido preguntándonos si esa noche íbamos a alguno de los conciertos.

Me gustó verla otra vez, pero salí de allí con la sensación de que sí que está enfadada conmigo y no sé por qué. Lo que sea que le haya hecho debe de ser una tontería, porque su novio me trata como siempre. Estuve todo el fin de semana con el tema en la cabeza, pensando sin parar. Durante esta semana he tenido un par de sueños extraños, como si mi subconsciente estuviera intentando buscar una explicación a lo sucedido.

Al final he decidido enviarle un mail esta mañana preguntándole si le he hecho algo. No creo que me responda.

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agosto 20, 2009

Hapje Tapje 2009

Posted in Belgica y los belgas, Edición de vídeo, el Ken, Finde moments, vídeos a 10:56 am por La Petite en Belgique

El dos de agosto acudimos al evento Hapje Tapje 2009 en Leuven. Hapje Tapje podríamos traducirlo por nuestro “Cañas y Tapas”. El día se levantó gris y cayó alguna gota, pero el clima no es algo que asuste a los belgas.

julio 20, 2009

Click

Posted in el Ken, Finde moments a 7:39 am por La Petite en Belgique

El sábado, después de pasarme dos días con un síndrome premenstrual de órdago, al que el Ken llama modo cactus (no, no necesito nada, ni agua ni un libro ni nada de nada, ni a ti, déjame sola), y de ir a ver un piso en Bruselas, nos fuimos a un concierto del festival Colora de Leuven. Ya el año pasado fui a verlos y me llevé una muy agradable sorpresa. No lo puedo catalogar como mi música preferida, pero son ideales para hacerte bailar, sacarte una sonrisa y darle al interruptor ése que apaga tus pensamientos negativos y sólo te deja disfrutar (no, no estoy hablando de ninguna droga). Click, bienvenidos al espectáculo de La Troba Kung Fu.

Antes de comenzar el concierto nos pedimos una copa de un vino malísimo que  nos hizo entrar en calor. El concierto era al aire libre, y aunque el tiempo había sido variable, parecía que al menos con el chaquetón uno podía aguantar bien. Pero eso cambió cuando el concierto finalmente comenzó. El Ken y yo nos fuimos corriendo a la primera fila y empezamos a bailar y saltar a ritmo de rumba catalana. Al cabo de un rato yo ya me había quitado el abrigo y la chaqueta.

Estaba un poco preocupada antes del concierto porque temía que al Ken no le fuera a gustar, por ser un estilo de música bastante diferente del que solemos escuchar. Pero puedo decir que nos lo pasamos los dos de miedo. Y yo, fiel a mi cámara de fotos, esta vez me la dejé en casa. Así que para dejar constancia de mi presencia allí tuve que hacer una foto con el móvil.

troba

Justo cuando el concierto, y como siguiendo un horario prefijado, empezó a llover. Fue como si la lluvia hubiera estado esperando al final del concierto. Nos pusimos los chaquetones y nos fuimos a tomar algo con unos amigos al Villa Ernesto. A las 12 y pico, y casi arrastrándome el Ken propuso que nos retiráramos. Pero tenía razón, había que ir preparando el cuerpo para hoy, que me he tenido que levantar a las 5:45.

Así que finalmente hemos pasado un domingo dedicado a levantarnos moderadamente tarde (10:00), desayuno interminable, limpieza, plato de lentejas a las 5 de la tarde y paseo por el centro donde nos hemos comido unos pancakes con helado. Luego a cenar embutidos por cortesía de mi madre y a dormir como los ángeles.

noviembre 3, 2008

Dr. House

Posted in Anecdotas, el Ken, Finde moments, Reflexiones a 12:10 pm por La Petite en Belgique

La pose del Dr. House es la que tiene el Pequeño desde que el sábado nos fuimos a la casa de sus padres a buscar las muletas. Pero tú estás mucho más sexy que él, le digo yo. Y desde entonces, él se mueve por estos 35 metros cuadrados, muleta en ristre, y cojeando exactamente igual que el Dr. House.

Mañana y noche yo le pongo Reparil en esa mancha feota de color azul morado que se le ha puesto en la cara externa del pie y luego le coloco la vendita, que para eso soy hija de enfermera y algo he aprendido en casa.

¿El ánimo? mejor, mucho mejor. Llevo tres días levantándome de un humor espléndido por las mañanas. De hecho, desde el viernes al mediodía, en que de repente decidí “reactivarme”, estoy bastante mejor. Ahora estoy tomando el maldito Epsipam en noches alternas. Así que me toca hoy y el miércoles y luego será asunto del pasado. El Pequeño está alucinado estos días conmigo, que me río y vuelvo a estar activa. Ahora se han invertido los papeles. Desde el jueves, en que tuvo el accidente mientras jugaba un partido de basket, está durmiendo muy mal y se levanta por las mañanas con un humor que recuerda al abominable hombre de las nieves. Humor que, dicho sea de paso, le dura cosa de minuto y medio.

Ayer, al volver de casa de sus padres (que me cuidan mucho) nos pusimos “Los siete magníficos” en cama con una bolsa de patatas. Pata en alto y espalda abajo. Y hoy el día es gris, pero me da igual, porque mi solete volverá a eso de las seis y media y volveremos a reírnos de todo.

Estoy pensando que mi cambio de humor también se deba a que se ha cumplido uno de mis sueños. De pequeña le pedía y le rogaba a mi madre que me regalara unas muletas. Mamá, por favor, quiero unas mAletas. Es que tiene que ser muy divertido andar con ellas. A veces cojo la que usa el Pequeño, pero claro, con la diferencia de tamaño, tengo que subirme al sofá para poder usarla. Pero ahora que lo pienso, la otra está en la parte alta del armario…

P.D.: Por cierto, estaba yo hace dos días aburrida así que me puse a peinar sus rubios cabellos con un cepillo, a lo que me suelta, ah, soy tu Barbie, bueno, no, tu Ken. Yo sólo pude guardar silencio y reprimir una sonrisilla 😉

octubre 27, 2008

Día perfecto y cena familiar

Posted in el Ken, Finde moments, Reflexiones a 3:46 pm por La Petite en Belgique

El fin de semana ha traído de casi todo. Y así los días van pasando, uno tras otro.

El viernes me dolía tanto la espalda que a eso de las cuatro de la tarde dejé colgados a Manuel en el teléfono y a Eleder en el chat de gmail para meterme en cama. Estaba destrozada. Y no sólo la espalda y ese nuevo dolor irradiado que me llega a la muñeca, sino todo mi cuerpo y mi mente en general. Llevaba dos semanas agotada, sin levantar cabeza. Así que me acosté y estuve dormitando (el dolor de espalda y de hombros me impidió dormir de verdad) hasta las siete, hora en que llegó el Pequeño, mi príncipe encantado. Después de unos mimitos y una pastilla de diclofenac (es lo único que me hace efecto, ni paracetamol ni ibuprofeno ni leches en vinagre) decidí que necesitaba que me diera un poco el aire. Así que nos fuimos a cenar a Los Flamencos, un restaurante que de español sólo tiene el nombre, y luego al cine. Jamás lograré enteder cómo pueden servirte unos champiñones al ajillo con poco ajo, casi nada de sal y un algo de picante, así como una ensalada sin nada, a pelo, sin aceite, sin vinagre, sin sal, sin nada. Y tampoco te traen aparte nada para aliñarla. Y las raciones minúsculas, vaya, que si no llega a ser por el pan (pan andaluz en baguette precocinado), el Pequeño se muere de hambre.

En el cine vimos Blindnes. Muy buena. Hace años, en un par de ocasiones quise leerme el libro (Ensayo sobre la ceguera, Saramago), pero sin éxito, así que me vi la peli a pelo, sin saber bien a qué atenerme (tengo la manía de leerme los libros antes de ver la peli, cosa que me obligó, por desgracia, en su día a leer El Código da Vinci). No sé si también pasa en el libro, pero la peli es impresionante. Me recordó a otros estudios sociológicos tales como “El señor de las moscas” o “Viven” (pero qué malo puede llegar a ser el ser humano, por favor). Algunos tiros de cámara me resultaron raros, así como la exposición de la película, pero su razón narrativa tenían. Esos colores lavados, quemados, para resaltar esa ceguera blanca. Y esas secuencias carentes casi por completo de luz para ilustrar cuándo la protagonista tiene problemas para ver. Los planos subjetivos me chocaron un poco, pero no están mal logrados.

Y después del viernes de dolor, penurias y cine, el sábado fue un dia perfecto. Nos levantamos tarde, nos desperezamos despacio y el Pequeño preparó pancakes (crepes) y batido de plátano para desayunar. Qué ricos los pancakes, con azúcar, miel o chocolate por dentro. Casi parecía mi abuela preparando sus famosas filloas. El batido llevaba leche, plátano y helado de vainilla. Era sábado, todo olía rico y no había prisa por nada. Cuando todo estuvo listo y en la mesa, yo estaba tan encantada que no sabía si atacar primero a los pancakes para que no se enfriaran o al batido para que el helado no se derritiera. Y bueno, ¿qué voy a contar? que todo estaba delicioso, y que fue uno de esos numerosos desayunos memorables que nos montamos los fines de semana. Y esta vez los pancakes le salieron de muerte, vamos, todo un placer, casi superior al de comer chocolate (soy una adicta).

Luego tocó otra sesión de relajación para descansar y hacer la digestión y por la tarde fuimos a hacer la compra y a la lavandería.

Y confieso que el sábado fue el día que menos me dolió la espalda, tan sólo un poco el brazo derecho al final del día. Fue un día perfecto 🙂

El domingo mi espalda empeoró un poco, pero nos lo tomamos bastante con calma. Limpiamos un poco y después de comer él jugaba un partido de baloncesto. El partido fue bastante duro. El hecho de tener sólo un árbitro hizo que se cometieran faltas por doquier y todos los jugadores acabaran rodando por el suelo. Así me vino el Pequeño, con unos cuantos arañazos (ya podían cortarse las uñas si no quieren que les corte los dedos) y las rodillas como tomates. Por cierto, ganaron.

Después del partido fuimos a cenar a un restaurante de aquí de Lovaina con sus padres, su hermano (juega en el mismo equipo), la novia del hermano y los padres de ella. Sólo faltaban los míos, pero es casi ciencia-ficción el poder sentarlos juntos.

Otro muy buen día, pero claro, sin comparación con el día perfecto 😉

junio 16, 2008

Mi versión sobre la amistad del Spanish Ghetto

Posted in Finde moments, Reflexiones a 12:36 pm por La Petite en Belgique

y las vueltas que da la vida…

Hace ya un año, nueve meses y catorce días que he aterrizado por primera vez en este país. Me vine a estudiar, hacer el PFC, lo que significaba acabar mi carrera. Con esto de internet, que acorta distancias y hace florecer la amistad en los sitios más recónditos, encontré varias personas con las que podía hacer “migas” allá. Una de esas personas fue Estrella, catalana que se iba a Lovaina por un año para hacer un master.

Estrella llegó a finales de septiembre, con la mala pata que Ryanair le había perdido las maletas con todas sus pertenencias que finalmente aparecieron dos días después. Estrella durmió una noche en mi casa (yo ya llevaba tres semanas en tierras belgas y ya tenía hogar) pero mientras buscaba sitio donde vivir, se alojaba en un monasterio en las afueras. Allí conoció a Pablo, madrileño de pura cepa, y a Jaralambos, nuestro griego preferido. Poco tiempo después hubo tres incorporaciones más al grupo: Laura (murciana), Nuria (Valisoletana) y Miguel (gallego). Más tarde llegó Alex, otro murciano. Se sumaron algo más tarde unos cuantos más, españoles exiliados que buscaban calor. Nos mezclamos un poco con la fauna local y también internacional, pero ya se sabe que aunque no tengamos mucha conciencia nacional, el español, vaya donde vaya, se “arrejunta” a sus patriotas formando una piña más compacta que la que forma una familia. Salíamos juntos, cocinábamos juntos, comíamos juntos y festejábamos todo lo festejable e infestejable juntos. Era agradable descubrir ciertas señas comunes de identidad en medio de un país donde eso de comer no se ve una como actividad social. Fue cuando descubrí que en España comemos bien no sólo por la buena materia prima sino también porque queremos comer bien. Descubrí, a muchos kilómetros, que en España la vida se para a la hora de comer, y que álimentamos en igual cantidad el espíritu y el estómago. Porque nos gusta compartir. Compartimos los ingredientes, cocinamos juntos y finalmente nos sentamos todos juntos a saborear lo que entre todos hemos preparado, siempre acompañado de buen vino.

Hay momentos inolvidables del Spanish Ghetto, como nos hacíamos llamar. Innumerables comidas, cenas, cafés post-comida, noches de chupitos, noches de cerveza, noches de charlas interminables, ésas que el alcohol hace más honestas, ésas en que el alcohol aproxima a las personas. Durante ese inolvidable año se hicieron muchas promesas del tipo “amigos para siempre”, “encuentro anual no importa donde cada uno esté” y “yo siempre estaré para ti”. Promesas que la juventud provoca (yo era la mayor del grupo) y la euforia sostiene.

Poco a poco casi todos se furon yendo, todos excepto tres que nos agarramos con uñas y dientes al país cuando el momento de partir se acercaba. El primero en irse fue Pablo. Una partida trágica y repentina. La madre de su novia se estaba muriendo, y mucho master y mucha juerga, pero donde él de verdad hacía falta no era aquí, sino allí. Despedida por todo lo alto, cena, fiesta y marcha hasta que el sol nos sorprendió por la mañana. Lloros, abrazos y promesas.

Poco a poco el resto fue desapareciendo también. El año escolar se había acabado y había que retornar a la vida real. Y como decía, nos quedamos tres. Aquí es cuando voy a reconocer que aunque formáramos todos un grupo más o menos homogéneo, digamos que en toda salsa hay grumos. Desde niña siempre he sido “la que no encaja”, la rara, la que por algún motivo es diferente. En este caso la excusa que busqué para reconcer que no encajaba como los demás era la edad. Por supuesto que tuve grandes momentos y los quería a todos y cada uno a mi manera, pero nunca tuve esos ataques de efusividad del tipo “amigos para siempre”. La distancia y el tiempo aleja a las personas, y eso no hay juventud que lo palie. Será que la edad te hace ver cosas. No sé.

Quedamos tres: Laura, Estrella y yo. La partida del Spanish Ghetto fue triste, sobre todo por el hecho de que aunque yo tenía más amigos, los chilenos, (no le di exclusividad al Spanish Ghetto y supongo que eso me hacía diferente al resto), a partir de ese momento me iba a sentir mucho más sola. Laura y Estrella dijeron que no, que todo iba a salir bien, y que haríamos cosas juntas y que seríamos “amigas para siempre”. “Qué bien”, me dije yo, una nueva etapa, pero no necesariamente peor.

Estrella llevaba ya varios meses saliendo en serio con un Belga y Laura estaba en trámites de por fin hacer realidad su amor. Y quedaba yo, la soltera diferente. Se acercaba el otoño, el fin de los contratos de los pisos, la búsqueda de nuevo piso, la mudanza. Ellas buscaban algo para las dos. Yo buscaba algo para mí sola. Encontré un estudio muy mono, pero que tras dos semanas sin noticias me denegaron por ser española. Me quedé sin nada, mediados de septiembre y desesperación. Estrella me ofreció irme a vivir con ellas, buscar algo para las tres. Oye, pues no es mala idea. Yo puedo ser rara, y eso de convivir se me puede dar mal, pero puse esperanzas en la convivencia con ellas… hasta que un día encontraron una casa para ellas dos y de repente ya tenían el contrato firmado.

Por suerte soy una mujer de recursos y no me rindo sin antes luchar. Así que encontré mi actual estudio de 35 metros cuadrados, muy bien situado y acogedor, con unos dueños majos y sitio para aparcar el coche en calles cercanas.

La vida siguió y poco a poco fui perdiendo el rastro a las dos “amigas para siempre” que ya tenían novio belga. Las llamé en multitud de ocasiones pero poco a poco fueron respondiendo menos al teléfono y nunca devolviendo las llamadas. La mala suerte quiso que el timbre de su casa no funcionara y fuera necesario llamarlas por teléfono para que me abrieran, porque ello provocó que me quedara de puertas afuera en más de una ocasión que pasaba por la zona y quería hacerles alguna visita. Traté entonces de establecer contacto sucesivas veces por msn pero con los mismos resultados.

Diciembre llegó, y con ello, mis amigos chilenos desaparecieron por plazo de un mes y pico mientras visitaban a sus familias. Me quedé sola. Y las dos “amigas para siempre” seguían desaparecidas. Yo seguía llamando, ellas seguían sin responder. Laura fue abandonada por su novio y se encerró en si misma. Salí en su ayuda, hacer cosas juntas, ir a nadar. Nada. Le recriminé que nunca me cogiera el teléfono, pero es que “como ahora mi ex ya no me va a llamar, me da igual quien me llame”. Estrella seguía (y sigue) felizmente emparejada, por lo que no necesitaba de nadie más en su vida.

Y así fue pasando el tiempo. Llegó un momento que me cansé y yo también dejé de llamar. Luego apareció el Ken en mi vida y los momentos de soledad se llenaron. Seguí frecuentando a mis amigos chilenos y empecé a sentir que vivía una vida más auténtica.

Pero hace unas dos semanas Laura me escribió por msn, con motivo de su cumpleaños y el de Estrella (que no sabía ni si seguía viva) y que se iba a celebrar una “cumbre Spanish Ghetto”. Que ya estaban todos avisados y que si yo podría alojar a alguien. Vaya, pensé yo, me lo está diciendo ahora, y toda esa gente que no está aquí ya ha tenido tiempo de sobra para comprarse el billete de avión. Lo que son las cosas. Eso es ser el último de la fila y lo demás son tonterías. Hice algún comentario al respecto pero sólo contestó algo del estilo “es que fue todo muy rápido”. Sí, pensé yo, pero esa gente tuvo tiempo de comprarse ya el billete de avión, y yo que vivo a 10 minutos en bici de tu casa no sabía nada. Lo dejé pasar.

Dos días antes del acto, que tenía lugar este sábado (hace dos días), recibí un mail con múltiple destinatario sobre la fiesta. Querían organizar algo chulo, ambientado en los 50’s. Vaya, y me avisan con dos días de antelación. Pues qué quieren que haga? He llamado a Laura unas cuantas veces en estas dos semanas y ni una me ha cogido el teléfono. Por desgracia ese mismo día tenía también el cumpleaños del mejor amigo del Ken y una barbacoa del grupo de Swing que pagué hace ya dos meses. Difícil, día estresante.

Tenía muchas ganas de ver a Nuria (la vallisoletana) y hablar con ella, por lo que decidimos tomarnos un café después de comer en el centro. Le dije al Ken que se viniera y de paso se conocían. También se vino Alex (murciano), dándome una gran alegría. Luego cogimos el coche para ir a la barbacoa, de la que nos fuimos temprano para ir el Ken a ver el partido con su amigo y yo a la casa de las dos “amigas para siempre” para ver al resto. Luego me iría al otro cumple. Pensé que era una forma más o menos equitativa de repartir la noche.

Llegué a la casa de las dos “amigas para siempre” y veo con alegría que seremos unas 20 personas. Alegría al ver a Pablo, a Miguel, a Inés, a Rocío, a Jaralambos. Qué recuerdos. A las dos amigas les llevé una botella de uno de los mejores vinos que encontré. Me parecía hipócrita llevarles otra cosa. No sé que es de sus vidas, sus sueños, sus necesidades. No sabría qué regalarles. Ni gracias, ni qué bien que estés aquí, ni cuánto tiempo ni nada de nada. Laura me dirigió un cortés y gélido “hola” y Estrella ni me dirigió la mirada cuando pasó a dos centímetros de mí. Hablando con algunas personas, me confesaron que sentían el ambiente enrarecido. Yo tenía los ojos como platos. Ni siquiera tuve ocasión de participar en el brindis multitudinario. Me acerqué a Nuria y le dije que me iba. Que había esperado quedarme más, pero que me sentía tan incómoda que no podía. Que había venido por los viejos amigos, pero que la situación era demasiado para mí. Con lágrimas en los ojos me dijo que no entendía lo que estaba pasando (al parecer hubo comentarios sobre mí) y con la lágrimas en los ojos le respondí que yo tampoco. Me despedí de tres o cuatro personas (no de las anfitrionas, total, yo era invisible para ellas) y me fui.

Llegué al bar donde estaban el Ken, su amigo y los chilenos y la recepción fue totalmente distinta. Besos por doquier, sonrisas y bromas. Conversaciones distendidas, felicitaciones repetidas al homenajeado y camaradería. Un par de abrazos del Pequeño y se me fueron los males. Hay cosas, que de verdad, no merece la pena perder el tiempo recordándolas.

Tuve una decepción muy grande el sábado, una decepción que me causó gran dolor (si al menos supiera qué he hecho mal…). Pero también descubrí que todo en esta vida evoluciona, y hemos de quedarnos con lo bueno. Los amigos, para bien o para mal, han de pasar esa criba, y es ley de vida que muchos se queden en el camino. Pero no por ello dejaré de dar todo lo bueno de mí cuando conozca a alguien.

junio 7, 2008

Vacío e inseguridad

Posted in el Ken, Finde moments, Lonely moments, Post-marcha moments, Reflexiones a 12:07 am por La Petite en Belgique

Acabo de llegar a casa de estar con unos amigos, y mi estudio está vacío. No es verdad literalmente. Está lleno de mis cosas, de sus cosas, pero él no está. El domingo es el día del padre aquí en Bélgica y se ha ido a casa de sus padres, pero se viene mañana sábado. Hoy no he ido a trabajar. Al final, al ver que estaba llegando a mi límite, me lo han dado libre. Así que pude atender al técnico de Telenet que vino a casa sobre las 11 a arreglarnos la tele y pude ir a la oficina internacional a ver cómo va lo de la admisión en el master. Entre una cosa y otra recibo una llamada del Ken para preguntar cómo va la mañana y ver si al final me da tiempo de ir a la oficina. Es un cielo.

La tía de la oficina resulta ser una bruja. La típica burócrata con una sonrisa como el cemento armado, imperturbable, pero que sería capaz de insultarte a la cara al mismo tiempo. Lo único que saco en claro es que aún no es tarde para enviar los últimos papeles.

Los dueños del estudio no contestan. Quiero renovar el contrato para el año que viene y antes de llamar a la agencia me apetece hablar con ellos.

Como una ensalada, pan y queso. Estoy agotada. Ayer la peli en el Cuartel General acabó demasiado tarde. Me tumbo a dormir la siesta con intención de levantarme a una hora respetable para ir a la FNAC a comprarle el regalo de cumpleaños al pequeño: “Calvin & Hobbes. The complete collection”. Me dejo el gorro que uso para la lluvia en la FNAC, los libros apenas caben en las alforjas de mi bici y llueve. No es sólo que llueva, hay tanta humedad que uno casi podría ir nadando.

A eso de las 6 de la tarde me llama el Ken. Que acaba de salir de currar y en ese momento está entrando en el coche del hermano para irse al pueblo. Que si todo anda bien, y que vuelve mañana para hacer la compra semanal y lo que venga. Sonrío y cuelgo. Llamo a mi madre. Hoy pensaba llamar a mi padre pero no ha podido ser, no encontré el momento ni el ánimo (aún no le he dicho que voy el 28 ni que voy acompañada). Mañana, me digo.

Me llama Pedro. Que si me apetece ir a cenar con ellos. Claro. Como tengo algo de tiempo bajo al sótano. Tengo que hacer algo de sitio para que el Ken pueda meter sus ropas y el resto de sus cosas en algún lado y vivir dignamente.

Al final cenamos fuera. Somos 5. Dos parejas y yo. Echo de menos a mi rubio. Le mando un sms. No contesta. Habrá salido con los amigos, y tal, y como tiene la cabeza se habrá dejado el móvil en casa. En cuanto a despistes, debo reconocer que entre los dos juntos no hacemos una persona completa en cuanto a prestar atención y recordar cosas. Dios nos coja confesados.

Después de cenar (salió cara la pizza) nos vamos al karaoke. Mi primera vez en el karaoke de Leuven. Pero igual que el resto de las veces en todas las ciudades a las que acudí a un karaoke (vale, exagero: Vigo , Amsterdam y pocas más). Sitio cutre, paredes negras, humareda densa y gente estrafalaria. Bueno, la rara soy yo, que me siento una mezcla entre marciano y perro verde. No me apetece cantar nada de Whitney Houston ni Mariah Carey. Las canciones que proponen las otras dos chicas no las conozco ni de lejos y más del 50% de las canciones que se cantan esa noche no las he oído en mi vida. “Pero si esta es la versión flamenca de esa canción tan conocida de Bisbal”, me dice mi amigo chileno. Vale, lo que digas, pero ni puñetera idea, ya sabes, yo es como si viniera de otro planeta (no lo digo, pero me quedo con las ganas). Me falta el Ken. Al menos tenemos gustos musicales parecidos y pudiéramos haber hecho un buen dúo. Pienso en proponer a las chicas el “It’s too late” de The Carpenters o el “Vincent” de Don McLean, pero veo que la situación no da. Este es uno de mis típicos “momento perro verde” o “momento marciano” o “momento bicho raro”. Me he sentido como cuando estaba en el colegio. La rara. En situaciones de este tipo, hay pocas personas con las que no me sienta de esta forma. Sé que soy reincidente y monotemática, pero con el Ken no me siento así. En cierto modo, en ciertos temas, conectamos.

Me da el sueño. La siesta de después de comer no ha sido suficiente. Además, mañana tengo que seguir con el proceso “hacer sitio para que el rubio pueda instalarse cómoda y dignamente” y aún me queda mucho por hacer. Además de que quiero ir a la FNAC a ver si encuentro mi gorro.

Es la una y pico y no tengo noticias del Ken desde las 6. Sé que a veces soy un poco neurótica, pero no puedo evitarlo. La cama es grande y no sé como llenarla. La miro. Estoy cansada, pero no me apetece acostarme sola. Me doy cuenta de que no es lo mismo echarle de menos cuando estoy fuera que cuando estoy en casa. Me doy cuenta de que él ya ha pasado por esto dos veces, más de una semana cada vez, en el último mes. Espero que no se acostumbre. No me apetece meterme en cama, seguro que está fría y silenciosa. Pero mañana quería levantarme a una hora decente y tener las cosas medio listas para cuando llegue. No sé a qué hora llegará, supongo que después de comer o algo así.

Soy una insegura de mil pares de narices. Lo sé, pero no puedo evitarlo.

mayo 19, 2008

Largo fin de semana que cura el alma y presentaciones

Posted in Circo del terror, el Ken, Finde moments, Reflexiones a 4:55 pm por La Petite en Belgique

Quería haber escrito este post ayer, pero llevo todo el largo fin de semana que me han concedido en el trabajo (es decir, de jueves a domingo) en un estado de semi-vagancia, semi-somnolencia y casi premenstrual cuando ni siquiera toca.

La última misión en Argelia me dejó destrozada a nivel físico y mental. Volví hecha una piltrafilla y sin brillo en la mirada. Como ya conté me dieron libre jueves y viernes pero la verdad es que estuve recibiendo llamadas de trabajo ambos días por la mañana, así que desconectar del todo tampoco desconecté.

Jueves y viernes (y la madrugada del sábado, por lo menos cuando me desperté en medio de la noche o ya casi de mañana) los pasé algo mal. Sentía otra vez ganas de llorar por todo. Lo malo era malísimo y lo bueno me hacía emocionar. Si el Pequeño me comunica que el domingo se va a hacer 100 Km en bici con dos amigos me entran ganas de llorar, si me dice cosas bonitas, también. Me daban ganas de gritar: Control! Ven a mi cuerpo!

Con mucho cariño y paciencia por parte de mi rubio preferido, volví poco a poco a ser yo misma de nuevo. Es curioso las cosas que se pueden dejar por el camino cuando los días son largos y las jornadas casi infernales. El viernes cenamos con Ñatito, nos fuimos al cine a ver “Las Vegas” (lo mejor: Kevin Spacey; cómo me gusta ese actor! Estaría fantástico hasta fregando los platos). Después del cine nos vamos de bailoteo con los demás y me desahogo un poco, pero sigo teniendo el mismo nudo en la garganta con el que me vine de Argelia. Al menos el pub me trae buenos recuerdos porque fue donde el Ken y yo comenzamos esto que estamos intentando construir y surgieron un par de bromas al respecto.

Ambos estábamos un poco cansados y además él jugaba un partido de baloncesto al día siguiente, así que nos fuimos relativamente pronto a dormir. El partido en cuestión era en su pueblo natal, donde además celebrarían una barbacoa con motivo del final de la temporada.

Al día siguiente nos levantamos a las 10, desayunamos como reyes, hicimos algo de compra en el super y cogimos el coche para ir a su pueblo. Cuando estábamos llegando, y mientras me daba indicaciones del tipo “ahora gira a la derecha” noto que las manos le sudan más de lo normal. “Justo la segunda casa a la izquierda es la mía, puedes aparcar en esa zona de allí”. Es una carreterita con bonitas casas a ambos lados y mucho verde alrededor. No se ve a nadie en las inmediaciones pero “ese coche es el de mi hermano y ese otro el de mi padre, con el que aprendí a conducir”. Me doy cuenta de que iba yo muy a la ligera que sólo mi subconsciente había sabído a lo que atenerse (en ese momento vi clarísimo que mi subconsciente lo había sabido todo desde el principio).

Aparco, me conduce por el caminito hacia la entrada de la casa (pero qué jardín más bonito) y abre la puerta. Es una especie de garaje con una lavadora, un perchero y una estantería con zapatos y zapatillas. Se descalza y se pone unas chanclas. Lo imito y me dice que me puedo poner las zapatillas de su hermana. Empiezo a ponerme algo nerviosa (pero poco poco, que una es una mujer de mundo). Cruzamos la puerta que está al lado de la lavadora y entramos en una cocina limpia y austera. Alfondo de la cocina hay una puerta. Yo sigo al Ken, que la abre y la cruza. Y de repente al otro lado, justo al otro lado de la puerta como si estuvieran esperándonos (de hecho, es que estaban esperándonos), me encuentro a cuatro personas. Presentaciones: su madre, su padre, su hermano y la novia del hermano. Los cinco formando un semicírculo y yo acorralada en el centro con la espalda contra una estantería. Me miran. No, me observan.

Finalmente después de un minuto que me pareció durar más de lo deseado, nos sentamos en los sillones. El Pequeño a mi lado, cogiéndome la mano en todo momento (y sudando más todavía, pobre). De repente su madre salta “ah, el Ken es tímido, nunca masca chicle y hoy no para, se nota que está nervioso” (si eso ya lo sé yo). Hablamos un poco (se portan bien y hablan sólo en inglés). Su madre es amable y cuenta anécdotas, su hermano es muy simpático y la novia es agradable, pero el padre es observador y hace preguntas raras. El Ken tiene la boca y la nariz de su madre, pero los ojos y los gestos de su padre. Es curioso estar ahí.

En esto, de repente, mamá Ken saca el atlas de la estantería y empieza a buscar Vigo, mi ciudad (por favor, parece que se supieran toda la historia de memoria, me siento algo intimidada). Encuentra Vigo en el atlas y se dedican a pasárselo de mano en mano para comprobar que está ahí arriba, en la esquinita. Su padre no deja de murmurar una y otra vez: “ah, hijo, Vigo, Vigo, ya has estado en vigo? Tienes que ir a Vigo”.

Al cabo de un rato su madre comenta que el Ken aprendió mucho antes a hablar que a caminar, cosa que también me pasó a mí, que hablaba como una cotorra y perfectamente pero de andar nada de nada. “Ah, tú también, qué curioso”, y luego añade como para sí “a vuestros hijos les va a pasar lo mismo”. A mí se me quedan los ojos como platos. Seguimos conversando y al poco el Ken se tiene que ir al pabellón para reunirse con su equipo, así que me quedo sola en el salón con esa panda de desconocidos que han decidido adoptarme. Por suerte no hay ningún comentario acerca de la edad, aunque estoy segura de que saben todos los detalles.

Al cabo de un rato decidimos (deciden) que es hora y nos encaminamos al pabellón, que está a menos de 5 minutos andando (no es un pueblo, es un mini-pueblito). El Pequeño jugó muy bien y su equipo ganó el partido. Era casi el más alto de su equipo y por cierto, el más guapo (una barre para casa). Yo mientras tanto con la familia política, que ya andaban algo más relajados y de vez en cuando hablaban en flamenco (y yo sin pescar casi nada). Después jugó su hermano y el ken vino duchadito. Se acercan un par de amigos, y en las conversaciones cojo cosas sueltas, todas referidas a mí: que de dónde soy, que de qué trabajo, que dónde trabajo. “Sí, no habla flamenco porque trabaja en zona valona”.

Acaba el partido del hermano (pierden) y nos vamos a comer. Toda la familia juntita otra vez (y yo que no sé donde meterme). El ken está muy cansado. Sus padres se van y al poco nosotros también(después de despedirnos de sus amigos, que por supuesto siguieron haciendo preguntas sobre mí).

La vuelta a casa la hicimos dando un rodeo, paseando por el bosque. Es una zona muy bonita, pequeña, muy verde y muy cuidada. Es el lugar donde él ha crecido, donde él ha jugado y donde él ha aprendido a amar.

A la vuelta a casa me enseñó su antigua habitación, nos despedimos de sus padres (papá Ken otra vez con comentarios extraños) y cogimos carretera de vuelta a casa.

Fue un día extraño, diferente, y a pesar de lo que he escrito, sorprendentemente relajante, justo lo que me hacía falta para sobreponerme de mi viaje a Argelia. Las ganas de llorar se me fueron por completo y empecé a sentirme más yo 🙂

El domingo nos levantamos temprano porque él se iba a hacer los 100 Km con los dos amigos, pero luego quedamos para lavar la ropa y cenar. Quién cocinó? Pues él. Si es que me mima mucho 😛 Luegos nos volvimos a ver Walk the Line, como broche de oro, recordando cómo empezó todo esto.

mayo 4, 2008

Estado de shock

Posted in el Ken, Finde moments, Reflexiones a 4:10 pm por La Petite en Belgique

Estos días de puente, unas minivacaciones, han sido como un regalo que de verdad necesitaba. He tenido desde la visita de un amigo de Cataluña hasta una barbacoa que mis amigos chilenos han organizado ayer. Pero todo es una mezcla, un cóctel explosivo de sentimientos y emociones. Ayer le di mi primer golpe al coche de empresa que llevo más de un año conduciendo (un golpe chorras, pero un golpe a fin de cuentas).

llevo días melancólica por mi partida a Argelia mañana. Y ayer por la mañana ya no pude más y exploté en uno de esos llantos que parece que no tienen fin. Era como si las lágrimas estuvieran luchando por salir de mi cuerpo. Me encontré mal, muy mal. Y estaba el Pequeño conmigo. Siento haberle dado la mañana, recién levantados, pero es que no podía parar de llorar. Y hoy parece que estoy hiper-sensible otra vez. Quizá sea esta mezcla de cal y arena que me está dando la vida ahora. Hay momentos de tanta felicidad que me es imposible digerirla y se me atraganta. No estoy acostumbrada y reacciono de manera exagerada, incapaz de sentir todo lo que me viene. El Pequeño está demostrando ser un apoyo importante. Siempre está ahí, pendiente, por si necesito algo, por si necesito hablar, hacer algo o simplemente llorar (algo que estos últimos días sucede más de lo debido). Que si quiero ir a casa, pues vamos a casa, que si quiero salir, pues salimos, que si quiero ver a los amigos, pues los vemos, que si quiero dormir, pues dormimos. De verdad que no sé cómo digerir todo esto, soy incapaz.

El contrato con su residencia se acaba en agosto. El plan a partir de entonces es que se venga a vivir aquí (actualmente es como si ya lo hiciera).

Me voy mañana, y me da miedo que todo esto sea un sueño y despertar a mi vuelta de Argelia. Pero claro, no estoy acostumbrada, a veces dudo que me merezca tanta felicidad. Porque tendrá sus puntos negativos el Ken, pero ahora mismo me está dando justo lo que yo necesitaba, sólo que multiplicado por diez.

Estoy en estado de shock y puedo llorar en cualquier momento…

abril 28, 2008

Fin de semana mágico en París

Posted in el Ken, Finde moments, Reflexiones a 10:37 am por La Petite en Belgique

Llevo todo el día de ayer queriendo escribir este post, pero ha tocado día complicado en el trabajo y ha sido imposible (como imposible ha sido el poder comer a una hora normal).

Aquí hoy el día es gris y lluvioso, pero aún llevo dentro el sol de París y el calor del Pequeño. Ha sido un fin de semana maravilloso, lento, tranquilo, en el que hemos dejado que el sol acariciara nuestra piel mientras nos dejábamos perder por las calles de una ciudad única en el mundo. El fin de semana ha sido lento, pero también intenso, y hoy mi cuerpo lo está pagando. Ya no siento el cansancio extremo que sentí el sábado por la noche (el sábado por la mañana me había levantado a las 6:30 de la mañana para hacer el examen), pero estoy ante una bajada de defensas bestial que como no la sufría desde hace casi dos años. No voy a entrar en detalles de los síntomas que tengo (de los que unos cuantos granos es el menor), tan sólo diré que son un poco latazo y que ya estoy intentando poner remedio comiendo debidamente y durmiendo lo suficiente (menos mal que esta semana es corta).

De todos modos, nada empañará la felicidad que me ha dado el desconectar durante todo el finde con mi Pequeño. Hemos vuelto con ganas renovadas, con multitud de cosas de las que hablar y que recordar. Hoy puedo decir que conozco algo más de lo que el Pequeño esconde en su interior, y puedo decir que en él he visto un tesoro precioso muy raro de encontrar. Ha sido un viaje a París, pero también ha sido un viaje hacia el interior de nosotros mismos, un primer paso juntos en nuestro camino común, una primera prueba del qué pasará. Por el momento aún tengo la miel en los labios

Vale, ya dejo de liarme y paso a los hechos 😛 (aviso si sigues leyendo: post largo, inconexo y pasteloso).

Salimos el viernes a las 6 de la tarde, cuando tanto él como yo habíamos terminado nuestra jornada laboral e hicimos nuestro equipaje. Al final se vino la lagarta francesa en el viaje de ida, ya que es parisina, su novio vive allá (sí, tiene novio y creo que llevan ya bastante tiempo) e iba a pasar el fin de semana con él.

El Pequeño estuvo largo rato diciéndome que eso de leer mapas no se le daba bien, pero creo que era para disimular, ya que me condujo sin pérdida todo el camino (el GPS no quiso cargar el mapa de Francia ni pa dios), rodeamos París por el Periférico, entramos por la puerta correcta (Porte de Châtillon) y me llevó, con sus indicaciones, a la puerta misma del hotel. Antes de ir al hotel dejamos a la lagarta francesa que había quedado con no-sé-quién para que la fuera a recoger. Al despedirse le dijó al Ken que si al día siguiente (sábado) queríamos quedar con ella para hacer algo que la llamáramos sin problema. Ahí yo me eché a temblar. No es que me caiga mal, pero el quedar con ella (o con ella y su novio) no entraba en nuestros planes de un fin-de-semana-romántico-en-París-para-conocernos-un-poco-mejor. Por suerte el Ken demuestra (casi siempre) ser avispado y se despide con un “bueno, nos vemos el lunes“. Yo casi suelto un suspiro de alivio al tiempo que río para mí.

El hotel resultó estar bien para el precio que habíamos pagado, aunque no estaba muy céntrico. Dos camas pegadas en un bajo y baño privado con una ducha chiquitita con el desagüe un tanto atascado (el Ken la montó el sábado por la mañana inundando el baño por culpa de una ducha un tanto larga aprovechando que yo estaba en el exámen).

El viernes llegamos allá a las diez de la noche, y después de dejar nuestro equipaje en el hotel, salimos a cenar a un restaurante que había cerca, en la Plaza de Alésia. Después decidimos coger el metro e ir hasta el centro a ver algo de París de noche antes de irnos a dormir. Pero qué bonito es Notre-Dame por la noche e iluminado! Dimos un paseo alrededor de la catedral, donde el Ken hizo muy buena observación de que las gárgolas parecían añadidos posteriores (la catedral fue construída entre el 1160 y el 1345 y las gárgolas datan de 1820 aproximadamente) y volvimos al hotel. Yo debí de dormirme como a la 1:30 pasadas, y a las 6:30 ya estaba en pie, con lo que fue ahí donde empecé a castigar mi cuerpo (mentira cochina, la verdad es que ya llevaba arrastrando sueño toda la semana).

Pude contemplar cómo es el París de verdad un sábado a las 7 y pico de la mañana, silencioso, quieto, solitario. Compré un croissant en el restaurante donde habíamos cenado la noche anterior y me lancé al metro, linea 4 con destino Barbés-Rochechuart. Poca gente en el metro un sábado a esas horas de la mañana, tan solo parisinos de verdad. Un chico con ropas que decían a gritos que era camarero, se acababa de levantar después de una noche movidita e iba hacia su trabajo, me pregunta la hora: huit heures moins vint, respondo yo con mi acento super macarrónico.

Al llegar a mi destino comprobé que esa zona también estaba desierta, y en la calle donde estaba el centro de exámenes incluso me llamó la atención el ser consciente de estar escuchando el SILENCIO. La temperatura era agradable a pesar de ser tan temprano así que disfruté brevemente de los metros que me condujeron a la puerta del centro. Seré española, pero un defecto o virtud (como queráis verlo) es que odio llegar tarde, por lo que, como tenía que estar a las 8:30 en el lugar del exámen, yo llegué sobre las 7:50. Al llegar veo una verja cerrada con un teclado de letras (A y B) y números al lado. Saco el papel con la dirección del bolso y compruebo si es allí. En la hoja impresa leo “Code Porte 75AB9” y sospecho que ése es el código que tengo que teclear para entrar. Exacto. Ya estoy dentro y aún no hay nadie. Estoy en un patio interior al que no llega la luz del sol. Al cabo de un rato llegan dos personas, luego aparecen las encargadas y sigue llegando más gente. Entre ellos apareció un español más perdido que un pulpo en un garaje. Era el único de nosotros que no entendía francés, por lo que tuvieron que explicar las instrucciones a él en particular después de la presentación general. El chaval en cuestión era músico y quería ise a New York a hacer un master. Estaba muy nervioso porque su partida dependía de la nota del examen. Relax relax, le repetía yo. Las cosas se dan poco a poco.

No voy a contar mucho del examen. Sólo decir que son 4 horas con un descanso de 10 minutos en medio. Está todo automatizado. Es el propio ordenador el que te va guiando y es el que cuenta el tiempo que te queda de cada parte del examen y el tiempo del descanso. Nos dejan bastante tranquilos.

Entre las 12:30 y la 1 salgo y llamo al Ken. Acaba de visitar la torre Eiffel y está dando un paseo por los Campos Elíseos. Decidimos quedar en el Arco de Triunfo en la Plaza de la Concordia. Salgo del metro a paso rápido y busco. Hay muchísima gente, todo turistas y no le veo. Lo llamo y me dice que está justo al lado del obelisco. Sí, en efecto, allí veo a mi gigante rubio. Vaqueros oscuros, sudadera blanca y pelo recogido en una cola de caballo. Me saluda con un beso, me pregunta por el exámen y me cuenta un poco cómo le ha ido a él la mañana. Nos hacemos unas fotos (nuestras primeras fotos juntos!) y nos encaminamos hacia Notre-Dame para verla de día.

Comemos por el centro y comenzamos a caminar lentamente, siguiendo la orilla del Sena y echando un vistazo a los puestos que discurren a lo largo. Hacía un calor abrasador el sábado y yo eché de menos el haberme llevado algún vestido. Cogidos de la mano empezamos a caminar hacia el norte, rumbo Montmartre, iglesia de Sacre Coeur. Al pasar por la zona del Moulin-Rouge (y hacer un par de paradas para ver escaparates de guitarras) el Ken soltó algo así como “vaya, es un barrio un poco chungo“. “Bueno, es un barrio especial de París“. Ahh, a veces es tan inocente… 🙂

Al llegar a la iglesia un matrimonio valenciano nos hizo una foto con París de fondo y nos dimos una vuelta por la zona de los pintores.

Caminamos mucho ese día (dudo que menos de 14 km). Volvimos al centro y cenamos en la terraza de un restaurante encantador. Nos atendió un camarero muy amable que hablaba español. Yo pedí pescado y él mejillones. Todo regado con vino y acompañado de la música que venía del interior. Ahí por fin sentí que ambos nos empezábamos a soltar. Esa noche me soltó perlas como que nuestro hotel no era de dos estrellas, sino de 7, porque yo estaba con él. Esa noche me dijo que se sentía realmente afortunado de que me hubiera tomado tiempo en conocerle. En esa cena me cogió de la mano y me miró a los ojos mientras me hablaba. En esa cena comencé a sentirme especial.

Después de cenar dimos otro paseo, nos perdimos repetidas veces, consultamos el plano, nos sonreímos, nos dijimos cosas bonitas al oído e intentamos enseñarnos cosas de nuestros respectivos idiomas (el aprende mucho más rápido que yo). Al final, tras un rato caminando, acabamos en los Campos Elíseos. Camino al hotel paramos a tomar algo, ya que de tanto caminar estábamos sedientos. Yo estaba agotada, había madrugado y necesitaba dormir. Esa noche me dio las gracias repetidas veces por estar con él, por el fin de semana en París y por todo en general.

Al día siguiente nos despertamos sobre las ocho y media, dimos unas cuantas vueltas en la cama perezosos hasta las nueve y pico y finalmente nos duchamos para comenzar el día. Por supuesto por separado, que la ducha era chiquitita chiquitita. Empezó el Ken para dejarme retozar un poco más en la cama (apuntó sabiamente que yo ya había madrugado el día anterior). Nos pusimos guapos y fuimos a desayunar. Pedrito un día me dijo “espero por tu corazón que duren mucho pero no por tu bolsillo”. La versión de mi abuela materna sería “es mejor hacerle un traje (que darle de comer)“. Sí, la traducción es que el Ken traga bastante, pero es normal, que es 1.92 y noventa y pico kilos! 😛

Después de desayunar fuimos a llevar el equipaje al coche y nos dirijimos hacia el centro. Dimos un paseo por el jardín de Luxemburgo y nos tomamos un café al lado de la Sorbona mientras el sol de la mañana nos acariciaba con sus rayos. Seguimos camino hacia el Sena, haciendo paradas en los puestos, y acabamos en el Jardin des Plantes, donde hacemos una larga parada en un banco a la sombra. El día es cálido y el sol brilla con fuerza sobre nosotros. Propongo seguir andando un poco, hacia la Bastilla, y por el camino decidimos hacer un alto en un bar-restaurante llamado Antenne para comer algo. Muy buen precio y muy buena comida, pero el camarero un tanto peculiar. Para acompañar pedimos vino y agua. En realidad fueron dos los intentos de pedir agua, pero ésta nunca llegó. Al traerme los cubiertos, sin querer, el cuchillo se le cayó al suelo, y en vez de un “pardon” o un simple silencio, el camarero soltó un sonoro “merde!“. Para troncharse de risa. Comimos al sol y el vino fue poco a poco recalentándose y nuestra piel dorándose (mentira, mi color no es dorado, sino amarronado, y el del Ken es más bien tirando a rojo… – se quemó los brazos, las mejillas, la nariz y la nuca – ).

Llegamos a la Bastilla, dimos un par de vueltas, volvimos al Sena, nos tomamos un café en una terraza y volvimos al Sena una vez más. Allí nos sentamos junto al río mientras hacíamos unas cuantas fotos chorras y observábamos a los patos. Ambos estábamos cansados aunque felices y decidimos caminar un poco para coger el metro que nos llevaría hasta el coche, para abandonar París tras un fin de semana mágico y maravilloso.

La vuelta fue tranquila, cumpliendo él otra vez a la perfección con su labor de copiloto. Paramos para comer un bocata y llenar el depósito y llegamos a casa sobre las 22:30. Hora ideal para llamar a mi madre, darnos una ducha e irnos a la cama entre sonrisas, gracias y te quieros.

Pies Par�s

P.S.: Ayer mientra curraba me llegó un mail del Pequeño diciéndome que su cuerpo estaba en el laboratorio, pero que su mente seguía en París conmigo…

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