octubre 21, 2009

NaNoWriMo 2009

Posted in Relatos y poesía a 12:08 pm por La Petite en Belgique

Entre todo el agobio y el estrés, estudiar para lo de los satélites, trabajar, intentar finalizar el diseño de una plantilla para un blog y trabajar en los efectos especiales de una película belga… me estoy preparando para el NaNoWriMo.

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julio 29, 2009

Decálogo del escritor

Posted in Libros, Relatos y poesía a 7:40 am por La Petite en Belgique

Hoy he encontrado esto en El último libro y me ha gustado. Aquí lo dejo:

Por Augusto Monterroso (1921-2003):

Primero. Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre dictum: “En literatura no hay nada escrito“.

Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratara de tocarte el saco en la calle, ni te señalara con el dedo en el supermercado.

El autor da la opción al escritor, de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.

julio 8, 2009

Soy

Posted in Lonely moments, Mirando atrás, Relatos y poesía a 3:16 pm por La Petite en Belgique

Soy de asfalto y de ciudad
Soy de luz y soy de mar

agosto 14, 2008

El manitas

Posted in Relatos y poesía a 1:06 pm por La Petite en Belgique

[Relato escrito como respuesta al reto número 2 de Literatura Húngara]

Hey, despierte, lo acaban de poner en funcionamiento.

Stephan se acababa de despertar, o mejor dicho, lo acababan de despertar, como de costumbre, de una cabezadita matinal. Los horarios en lo que le obligaban a trabajar eran insufribles. Al menos se le pagaba bien. El plus de peligrosidad hacía que el trabajo allí mereciera la pena. Así podría, algún día, acabar de pagar la casita donde vivía con su mujer y sus dos hijas. Stephan no era ningún genio, y se le había contratado por ser, más bien, un manitas. Los físicos, esos engreídos que lo miraban por encima del hombro, y esos niñatos que habían venido con unas cuantiosas becas se rascaban la barriga todo el día. Y él tenía que estar pendiente de todo detalle que pudiera ser considerado peligroso para la seguridad: que las juntas fueran herméticas, que todo estuviera a punto para el momento. El gran momento. Había leído en los periódicos en los últimos días y visto en las noticias de la tele, que ése iba a ser un gran acontecimiento. Incluso a muchos de los niñatos engreídos se les veía algo nerviosos. Que si agujero negro, bastón de no-se-qué, una nueva partícula que explicara grandes cosas, una partícula tan insulsa que si no aparecía, daba igual, porque también sería importante. Muchas de esas cosas se las había explicado su ayudante, Gerard. Gerard era un soñador. El pobre había querido estudiar, pero su padre se había dado a la bebida y al juego y, aunque había muerto joven, le había dado tiempo a arruinar a la familia. Gerard leía bastante, sobre todo ciencia ficción. Y le gustaba coger prestadas las viejas revistas de los despachos de los físicos. Se había hecho medio amigo de alguno, que de vez en cuando le suministraba con artículos, revistas o libros. Pobre Gerard, usando como herramientas tan sólo una llave inglesa y multitud de destornilladores diferentes, y él soñando con cálculos matemáticos y esa partícula mágica que podría cambiar el mundo. Había nacido para ser un genio, pero es verdad que pocas personas se dedican a eso para lo que han nacido.

No pasa nada, no se oye nada, no se ve nada…

La desilusión se percibía en la voz de Gerard. Había estado esperando aquel momento como el más grande de su vida. Era sólo un pobre electricista, pero en cuanto se enteró de los experimentos, había solicitado trabajo repetidas veces trabajo en el CERN para poder estar más cerca del LHC y comprobar si el ser testigo de ese momento mágico podría tocarlo en cierta manera mística que sólo él sabría explicar.

Pero no había pasado nada de nada. El gran cacharro se había puesto a funcionar a la hora convenida y nada más. Estaría así por mucho tiempo. Funcionando. Stephan esperaba que esos engreídos niñatos no se dieran cuenta de que esto no era más que un despilfarro de tiempo y dinero. Ese trabajo le venía bien, y el sueldo le venía aún mejor.

Al acabar su turno y el de Gerard, se dirigieron a los aparcamientos a por la furgoneta. Stephan no tenía coche, pero ya que le venía casi de camino, Gerard lo acercaba cada día a su casa en su vieja furgoneta roja. Mientras caminaban por el sector K, Stephan reparó de repente en que las ropas de Gerard ese día estaban algo más limpias de lo usual. Casi parecía que fuera de domingo.

Cogieron uno de los ascensores y, cuando Stephan iba a pulsar el -5, planta destinada a los vehículos del personal de mantenimiento, Gerard, lo miró con extrañeza y pulsó el -1.

Hoy le veo descentrado, Stephan.

Stephan miró a su subordinado con el ceño fruncido, pero no dijo nada. Seguramente Gerard había movido la furgoneta al nivel de los directivos con motivo de alguna reparación inesperada.

Lo siguió por los pasillos rodeados de vehículos caros hasta un Rolls Royce verde botella.

Gerard, me estás tomando el pelo.

Vamos, ¿no quiere que le lleve a casa? Suba.

Al ver que Gerard iba en serio y que realmente tenía las llaves de ese coche, Stephan se montó en el Rolls Royce. Gerard estuvo durante unos minutos revolviendo en unos papeles que había en un maletín. Al final resopló y lo cerró.

Te digo yo que nos vamos a meter en un lío – masculló Stephan mientras ponía los ojos en blanco.

No sé que le pasa hoy, que le veo raro. Bueno, todos lo estamos un poco. Esperábamos más de ese gigante, la verdad. Aunque quedan aún muchos días. Ya se verá.

Stephan se ajustó su manos libres y arrancó. Cuando salían del edificio hizo una llamada:

Sophie, estoy ya de camino a casa. ¿Te importaría ver si me he dejado los documentos de la última reunión encima de la mesa de mi despacho?

Sí, señor Pauwels, iba a llamarle yo ahora para avisarle.

Stephan, el manitas, abrió los ojos como platos mientras leía la placa de identificación en la chaqueta de Stephan:

Stephan Pauwels
Director del sector especial B
Departamento de física experimental
CERN

A Stephan le entraron unos sudores fríos al pensar con qué se podría encontrar al llegar a casa.

agosto 7, 2008

Lobo de mar

Posted in Relatos y poesía a 10:49 am por La Petite en Belgique

[Hace años leí unos cuantos libros de Tim Powers que me dejaron completamente hechizada. Os recomiendo “Las Puertas de Anubis”, “En costas extrañas” y “La fuerza de su mirada”.]

El agua golpea con fuerza contra las rocas mientras un Gorgoth deforme ve el Venganza Roja partir a la luz de un crepúsculo con cielo de tormenta. Gruñe con fuerza mientras el barco se aleja dejándolo allí para siempre, preso en la Isla Innombrable, donde le han exiliado hasta el fin de sus días.

La travesía a bordo del Venganza Roja había sido tranquila hasta que el capitán decidió permitir a su hija María Celeste en la tripulación.

– Pero capitán, ya sabe que la mala suerte sube a los barcos de la mano de una mujer.

El capitán, malhumorado, había hecho oídos sordos a estas protestas. Ordenó izar las velas y partir sin más miramientos mientras observaba a su hija por el rabillo del ojo. Su mujer había muerto hacía poco. Alguien la había acusado de bruja. Muy pocos comentaron estas afirmaciones, nadie quiso repetirlas, pero una noche de verano alguien plantó fuego a la casa que había sido su hogar. María Celeste se salvó porque en ese momento no estaba. Se había escapado por la ventana para estar con aquel desgraciado de Jules. ¡Ese Jules! Como lo coja, lo descuartizo, pensaba el capitán. Pero no volvió a aparecer el malnacido que quería cortejar a toda costa a su hija menor de edad.

Así que el capitán, a falta de familia donde poder dejar a su hija, había decidido llevársela con él en su barco a la espera de que cumpliera la mayoría de edad y encontrara a un hombre que fuera bueno y valiente y que pudiera cuidar de ella. ¡Y a sus hombres no les quedaba otro remedio que aguantarse!

Pero la tripulación estaba inquieta. Y no había ayudado demasiado el ingreso de aquel tipo. Había aparecido en el puerto dos días antes de zarpar el Venganza Roja. Decía que sentía grandes deseos desde siempre de convertirse en pirata, y suplicó que le permitieran formar parte de la tripulación. En aquellos días de anarquía el mundo estaba dominado por los piratas. Si alguien quería ser importante se convertía en pirata. Pero muy pocos tenían madera para ello. Contradiciendo su sentido común, el capitán aceptó a este nuevo hombre en su tripulación. Había perdido muchos hombres en su anterior travesía desde las Tierras del Oeste como para permitirse el lujo de rechazar esa propuesta. Y la verdad, cada vez había menos hombres que soñaran con convertirse en piratas. El ser pirata significaba tener todo lo que se pudiera desear, riquezas, mujeres deslumbrantes en cada puerto. Pero muy pocos volvían para contarlo.

Pero aquel mequetrefe no le gustaba ni un pelo, y aunque no le parecía peligroso se había propuesto vigilarlo de cerca. Era bajo, delgado y medio encleque. Con una barba oscura y espesa que le cubría gran parte de la cara y unos ojos huidizos que no inspiraban ninguna confianza.

Pero tras unos días aquel chiquillo se ganó a sus hombres. Era educado, sabía cocinar de maravilla y se prestaba como voluntario para fregar la cubierta del barco sin que nadie se lo pidiera. Así, me gusta, pensó el capitán, este tipo sabe que las cosas se empiezan por abajo. El capitán odiaba a los engreídos y apreciaba la humildad y las ganas de trabajar. Así fue como el nuevo se ganó también al capitán.

Hubo dos semanas de tranquilidad en el barco mientras planeaban el siguiente botín. Dos semanas de tranquilidad hasta aquella noche de luna llena en que se levantó una terrible tormenta. Muchos de los hombres estaban jugando una partida de cartas apostándose parte del último botín cuando la lámpara de aceite se movió tan violentamente que se cayó con un estruendo. El barco era presa de las olas, saltando a un lado y a otro. Los hombres subieron a cubierta, y entre el estrépito de la tormenta y los gritos del capitán, procedieron a arriar las velas, cuando la botavara de la menor golpeó a uno de los hombres y lo tiró al mar.

– ¡Hombre al agua!

Entre los gritos de la tripulación y la confusión general, nadie vio esa sombra deslizándose cerca de los camarotes. Nadie la vio hasta que reapareció aullando y con los pelos de la espalda completamente erizados. Se lanzó sobre el bueno de Jack, uno de los hombres de confianza del capitán, y de un mordisco le abrió la garganta que comenzó a sangrar a borbotones mientras aquel ser sorbía con fuerza.

Al momento muchos de los hombres del capitán se echaron encima de él, y después de una lucha encarnizada, en la que murieron otros dos hombres y otros tantos resultaron heridos, lo inmovilizaron y lo encerraron en uno de los camarotes. La tormenta para aquel entonces ya había amainado y el capitán se dispuso a hacer recuento de sus maltrechos hombres. Dos heridos, cuatro muertos (uno ahogado y tres víctimas de aquel vil y repugnante ser) y uno desaparecido. El novato no aparecía por ningún lado.

– Se habrá caído por la borda, capitán.

El capitán dio un respingo y se dirigió corriendo al camarote de su hija, María Celeste, donde la encontró profundamente dormida. Extrañamente dormida para la fuerza con que la tormenta había sacudido el barco.

Tres días se pasó María Celeste dormida, tres días, durante los cuales el barco había cambiado su rumbo y se dirigía a la Isla Innombrable, donde se disponían a abandonar a esa criatura del diablo que caminaba erguida, estaba cubierta de pelo, aullaba como un poseso y tenía unas fauces hambrientas de sangre humana. No se atrevieron a matarlo. Había leyendas que hablaban de una criatura similar, una criatura inmortal.

María Celeste abría sus ojos mientras el atardecer se extendía sobre el mar. Mientras Jules Gorgoth gruñía o reía a carcajadas (era difícil distinguirlo) en aquel peñasco de la Isla Innombrable, con el sabor sangriento de la victoria en sus labios. María Celeste, la hija del capitán, llevaba un vástago suyo en las entrañas.

agosto 5, 2008

El planeta prohibido

Posted in Relatos y poesía a 11:48 am por La Petite en Belgique

[Más relatos basura que “Man Plus” de Frederik Pohl me hace escribir…]

Mientras Helios hacía una comprobación rutinaria del instrumental, recibió una llamada de la nave nodriza para preguntar si todo seguía en orden.

– Comandante Jonhson, ¿cómo van las prospecciones?

– Por el momento todo en orden. Los radares no detectan nada significativo.

– Bien, pero manténgase alerta. Nunca se sabe cuándo pueden cambiar las cosas. Recuerde lo que le pasó a Forrester. Sea prudente.

– Recibido. No se preocupe, mantendré los ojos abiertos.

-Tiene cuatro horas. Si en cuatro horas no ha encontrado nada, regrese de inmediato. Le recuerdo que en cinco horas la nave nodriza partirá hacia el sistema Ariadna.

– De acuerdo, hasta dentro de cuatro horas.

Helios Johnson ajustó un par de controles de la nave y siguió en modo automático mientras sus pensamientos comenzaron a vagar de forma errática. Llevaban ya cinco años investigando las inmediaciones de aquel planeta para comprobar si algún día podría alojar vida humana en su seno. La Tierra estaba superpoblándose y el calentamiento global estaba acabando con muchas de las especies de animales, pequeñas islas e innumerables costas. Además en un futuro muy lejano el Sol iría comiendo terreno. Ni él ni los hijos de sus hijos lo verían, pero había que ir preparándose para investigar y posibilitar una colonización de ese nuevo mundo, el frío Caronte.

Las investigaciones decían que el aire de Caronte podía ser respirable, y en su superficie las sondas espaciales encontraron agua. Pero su temperatura era algo más fría de lo deseable. Aún así era una posible buena alternativa.

Pero había un problema. Ninguna de las naves tripuladas enviadas en esos cinco años de investigaciones había vuelto. Incluída la nave que pilotaba su amigo Edward Forrester, la última que había desaparecido.

El radar señalaba ya la proximidad a Caronte y en la pantalla principal del control de mandos apareció la superficie azulada del planeta. Helios pasó a modo manual y se dispuso a aterrizar en la llanura al lado del lago Estigia, el punto donde se habían dirigido las otras naves enviadas al planeta.

Helios salió de su pequeña nave y comprobó con cierta desilusión que un paisaje desolador, helado, oscuro y sin vida se extendía ante sus pies. Nada. Ni rastros de las otras naves, ni huellas ni nada que alterase el paisaje yermo y desolador. Helios cada vez creía más improbables las hipótesis de los científicos de que aquel planeta podría albergar vida humana en un futuro. Pero lo extraño era que no había ni rastro de las otras naves. Su radar y su carta de navegación, de una precisión milimétricas, no podían engañarle. El lugar donde habían aterrizado las otras naves era éste.

Contra toda esperanza, comenzó a andar por la pesada atmósfera del planeta. Divisó un promontorio y se dirigió allí con la esperanza de poder ver algo más. Mientras caminaba pensaba en Eddie desaparecido un mes atrás en una misión especial a Caronte. ¿Qué pudo pasar? Aquí no hay nada de nada. No entendía cómo habían desaparecido todas esas naves. Era un misterio. Perdidas para siempre.

Por el rabillo del ojo percibió un ligero movimiento. Nada, allí sólo había una roca, y más allá nada, una llanura de nada. Empezó a sentirse nervioso, y a pesar de los -50 grados que había fuera de su traje espacial, una gota de sudor recorrió su espalda. Cuando faltaban sólo unos metros para alcanzar el promontorio, vio algo el en suelo. Era un arma unipersonal clase C completamente inutilizada. La cogió y comprobó en la placa que era el arma de Eddie.

– ¿Pero qué demonios?

Al ponerse de nuevo en pie vio que alguien le estaba apuntando con otra arma mucho más simple en aspecto que aquella pero seguramente mucho más eficiente también. Alguien que se asomaba desde detrás del promontorio. ¿Alguien o algo? Su estructura corporal recordaba a la de un ser humano, pero su estatura era algo menor y más compacta. El color de su piel era azul, como el paisaje, y unos grandes ojos rojos le miraban sin expresión.

Mientras Helios se quedaba paralizado por la sorpresa, una veintena más de estos seres se asomaron y lo rodearon. Lo desarmaron y lo maniataron.

Lo condujeron por un túnel que asomaba al otro lado del promontorio durante lo que le parecieron centenares de metros siempre cuesta abajo, hasta una celda oscura de aspecto limpio y ordenado. Uno de los guardias encendió unas luces especiales y se cubrió los ojos con una especie de pantalla protectora. Helios se sentó en la cama que ocupaba el centro de la habitación y recordó el aspecto de aquellos seres. Si bien la mayoría compartía las mismas características que su asaltante, se había fijado que algunos de ellos eran algo más altos, tenían la piel algo más grisácea, casi tirando a un rosáceo y sus ojos eran más pequeños.

Al cabo de una hora la puerta de la celda se abrió y alguien entró. Helios se quedó helado ante la figura que atravesó el umbral y el primer pensamiento que cruzó su cabeza. El ser que entró era de piel más bien rosada, ojos pequeños y estatura humana. Pero su complexión había sido alterada, y la forma y el color de sus ojos ya no eran los mismos. Helios se encontró con Eddie, su amigo Eddie, pero ya no el mismo Eddie. Helios se encontró con un Eddie modificado.

Su voz también era diferente cuando le contó lo que había pasado.

– Las naves que se perdieron, todas llegaron aquí. Sus tripulantes están aquí. Estos seres quieren invadir la Tierra y destruir a la humanidad, pero sus características corpóreas se lo impiden. Están creando seres genéticamente modificados para poder vivir en las condiciones de la Tierra, y para ello se sirven de las naves llegadas hasta aquí. Pero quieren cambios rápidos, por eso están haciendo experimentos con implantes en ambas razas. Yo he tenido suerte, o eso creo. Por el momento tan solo me han hecho algunos implantes y me han cambiado parte de código genético, pero hay otros, como Trixie. ¿Te acuerdas de Trixie? La rubia despampanante de la sección número 44. Ella y otros tantos permanecen congelados y a la espera. Y Otto, el bueno de Otto. Con él las cosas salieron mal…

Sus palabras quedaron de repente interrumpidas porque la puerta de la celda se había abierto. Venían a por los dos prisioneros. Helios miró al guardián y a sus enormes ojos rojos que se acercaban inexorablemente.

Un buen día

Posted in Relatos y poesía a 8:54 am por La Petite en Belgique

[Estos son los efectos secundarios de estar leyendo “Man Plus” de Frederik Pohl y recordar “La voz dormida” de Dulce Chacón y “The little Sisters of Eluria” de Stephen King]

Hoy era un buen día porque hoy apenas había dolor. Pablo recuerda los días en que el dolor le hacía perderse en la inconsciencia durante un tiempo que no sabría como contar. A veces, cuando gritaba mucho, la puerta se abría y venía la mujer de las piernas bonitas y le daba algo para que se durmiese de nuevo. Era triste ver esas piernas alejarse otra vez, ver esa puerta cerrarse y después nada.

A veces oía otros gritos. Eran diferentes, casi siempre. Debía haber otros niños, pero nunca los había visto. Bueno, sí, una vez vio a alguien más. En una de esas raras ocasiones en que podía yacer en una cama se despertó en una sala grande, la más grande que había visto en su vida. Había más camas a los lados, y en muchas había más niños. Pero en cuanto la mujer de las piernas bonitas se dio cuenta de que estaba despierto, se lo llevó a su habitación. La mujer también tenía bonitos ojos, aunque unas arrugas de preocupación surcaban su frente.

Aquella sala era lo más grande que conocía porque la verdad era que Pablo sólo conocía tres lugares: su habitación, un cubículo pequeño sin ventanas y completamente vacío excepto por las mantas en el suelo; la sala grande con muchas camas que sólo vio una vez, y la sala pequeña, con una cama y una luz muy fuerte. Era en esa habitación donde normalmente era consciente de yacer en una cama, en una cómoda y demasiado alta cama. Pero la comodidad duraba poco, porque muy pronto venía el hombre de los ojos azulísimos a hacerle cosas. Lo único que podía verle eran los ojos. Llevaba un gorro y una mascarilla verdes. A veces oía su voz silenciada por la mascarilla, pero normalmente no. Normalmente no hablaba. Sólo lo miraba fijamente mientras le hacía esas cosas que dolían tanto hasta que al final ya no recordaba nada más.

Una de las últimas veces que había despertado, ya en su habitación, después de ver al hombre de los ojos azulísimos, descubrió que todo estaba muy oscuro y que la zona de los ojos le dolía terriblemente, un dolor que le penetraba el cráneo. Gritó, lloró, pataleó hasta que oyó abrirse la puerta. Pero esta vez no vio las piernas bonitas aparecer. Esta vez, y a partir de ese momento, ya no vio nada más.

Pero hoy es un buen día, porque casi no hay dolor. Las últimas veces sólo tuvo la sensación de estar en la cama de la sala pequeña, pero ya no vio la luz terrible que le cegaba, ni los ojos azulísimos ni los instrumentos tan brillantes que cortaban su piel. Tan sólo sentía. Quizá haciendo un esfuerza podía creer que eso era sólo un sueño, que el dolor era mentira. Lo creyó firmemente hasta que de nuevo perdió el conocimiento. Se volvió a despertar después. Seguía sin ver, pero creyó darse cuenta de que tampoco podía rascarse la oreja que le picaba. Intentó entrelazar las manos, pero tampoco pudo. Gatear, arrastrarse hacia la puerta. Tampoco fue posible. Fue entonces cuando comenzó a gritar. Fuerte, muy fuerte. No podía patalear. Pasos. La mujer de las piernas bonitas que ya no podía ver se acercaba. La puerta se abre.

– Pablo, eres un niño muy malo.

Pablo no contesta. Hace ya tiempo que no puede articular palabras. Tan sólo sonidos extraños que no puede controlar. La mujer de las piernas bonitas, que por cierto, también tiene una bonita voz, le dice que le va a dar algo para dormir. Un pinchazo apenas imperceptible y de repente todo es más suave, más dulce.

Cuando se despierta apenas hay dolor. Después de todo, hoy es un buen día.

julio 31, 2008

El fin de mundo

Posted in Relatos y poesía, Sueños a 12:52 pm por La Petite en Belgique

Las dos semanas que pasamos en casa de mi madre, de vacaciones, estuvieron llenas de momentos increíblemente buenos, pero también de estrés por mi parte, en mi deseo irrefrenable de que todo el mundo estuviera feliz. Dormía poco, y cuando dormía, tenía sueños raros. Recuerdo que el día que fuimos a visitar Finisterre (el fin de la Tierra) por la noche soñé con el fin del mundo.

En un portal desconocido pero que en mi sueño debía pertenecer a mi casa, discutía con un hombre moreno y con barba, que debía de ser mi pareja en mi sueño. Había que irse, el fin del mundo no estaba cerca, sino casi encima de nosotros. Pero él no quería irse, o al menos tomar ese camino.

Así que partí yo sola, caminando a toda la velocidad que el peso de nuestra perra India me permitía. Porque India siempre ha temido y odiado el agua. No es de esos perros a los que les gusta bañarse, meterse en el mar o chapotear sobre los charcos. A India no le gusta salir cuando llueve. Y ese día llovía a mares. La verdad es que el agua me sobrepasaba ya las rodillas, con lo que la pobre India, de no tenerme a mí se vería obligada a nadar. Así que yo caminaba lentamente, abrazada a su cuerpo caliente, lo último que me quedaba.

Caminaba yo por la calle donde viví 27 años de mi vida rumbo al aeropuerto, rumbo a un avión que nos iba a llevar a algún destino mejor, o al menos a averiguar si realmente se podía vivir en otro sitio. A mi lado vi gente corriendo desesperada dispuestos a llegar a ese único avion. Pero mucha gente se rindió, sabiendo que ellos no verían otro día más, sabiendo que la penumbra que nos inundaba sería eterna. Había muertos por todas partes, semiflotando en las aguas, multitud de ellos colgados, ahorcados, de los cables de la luz. Recuerdo aquel chico moreno colgando sobre la perra y sobre mí, colgando del cuello, con la cara hacia abajo, casi parecía que nos mirara.

Y yo luchaba por poder avanzar pasito a pasito, con India en brazos, por aguas fangosas y el viento y la lluvia dándome en la cara.

Sí, ya sé, tanto leer a Cormac McCarthy me reblandece el cerebro por momentos…

julio 30, 2008

Poesía hada

Posted in Relatos y poesía a 9:16 am por La Petite en Belgique

Buscando un poema de una conocida que envió hace años a la lista de correo de la comisión de literatura de la Sociedad Tolkien Española, encontré un antiguo escrito mío. Yo tenía 17 años.

Recuerdo que en mi sueño
un hada transparente voló
voló muy lejos y muy alto;
llegó al sol y se quemó.

A mis pies cayeron cenizas
agonizantes en la hierba.
Por qué Tolkien me había dicho
que las hadas inmortales eran?

Los cimientos de mi fantasía
se desvanecieron en el aire
corrompido por el ensordecedor
bullicio de la ciudad incesante.

Aparecieron candados en mi imaginación.
En una lúgubre y oscura celda
encarcelaron mi alma llameante
que se fue apagando al estar presa.

Quisiera volver a ser niña
y que renaciera mi inocencia,
volver a creer en las hadas
que iluminaron mi vivencia.

P.D.: Se que es una incongruencia las palabras “hadas” y “Tolkien” en la
misma frase, pero es que en aquel entonces aun no habia leido “Sobre los
cuentos de hadas” ni las Cartas.